Crítica de arte
Acercamiento a la retrospectiva de UMBERTO GIANGRANDI, en las 4 salas del Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia en Febrero de 2007.
Si lo importante en una obra de arte es su capacidad de penetrar la mente y exacerbar los sentidos con su presencia, la experiencia que se vive a través de la obra de Umberto Giangrandi no solo la confirma, si no que además se plenifica pues más allá de presentarnos un discurso, unas ideas, nos introduce en un mundo de sensaciones vitales.
Lo anterior, es una premisa que nace luego de haber recorrido con mente y emoción atenta la retrospectiva del artista, el pasado Febrero en el Museo de Arte de la Universidad Nacional. Una curaduría de Raúl Cristancho que nos permite dilucidar la historia plástica de Giangrandi, rompiendo la forma como creemos se siente comúnmente el arte; su trabajo se experimenta en la piel.
Paseando la mirada entre los claroscuros de sus pinturas, hablando al oído de sus mujeres ilícitas, animando a los pies para penetrar sus horizontes, aún tentando a los oídos para robarle las notas a sus collages; recorriendo las líneas que lo describen, lo desnudan, lo socavan, como ser humano, como artista, dibujando el camino certero hacia la conciencia del espectador, hacia su órgano más extenso y erógeno.
¿Por qué la piel?, porque es la que hierve al dejarse cautivar por el voyerismo incontenible que abre la puerta del burdel, pasea en las curvas contestatarias de una Latinoamérica femenina, estremece en el collage de la guerra -en la puerta que resguardó por años su taller-. Pues de manera vedada ó manifiesta, Giangrandi no puede evitar la seducción como recurso, su forma irredenta de comunicar.
Develando sin tapujos sus ideas, la memoria de sus más íntimas experiencias, se despliega en formas y colores, en una pintura generosa y exacerbada que manifiesta los bajos instintos como un exquisito secreto a voces.
Con la piel viva y los sentidos expectantes se aborda la muestra de sus grabados, ese oficio ancestral que su mano domina con una delicadeza tan exquisita como lacerantes son los temas que en ellos trata.
Tal cual su pintura emociona la piel con caricias, los grabados, la fustigan con la fuerza de los pensamientos que en ellos se concentran que rozan lo social, lo político, el bajo mundo de la noche, hasta los más fervientes deseos del artista. Figuraciones y abstracciones que comunican a través del manejo de la técnica – ritual. Intervención del papel con una memoria, una historia, una mirada, un lamento, el ser mismo de Umberto Giangrandi.
Se pensaría después de un recorrido así, fruto de 40 años de carrera artística en Colombia, tras ser considerado una de las primeras autoridades del grabado en el país, y ser co-autor de muchas de las más importantes obras gráficas nacionales, que la carrera de Umberto Giangrandi se ha terminado de escribir.
Pues no, luego de acariciarnos con sus pinturas, fustigarnos con sus grabados completa la euforia con lo inesperado: Una muestra fehaciente de la plena vigencia de su trabajo, la contemporaneidad de su oficio, la relevancia actual de su investigación plástica.
Con una muestra de fotografía intervenida digitalmente de performance, modelo –instalación y modelo en espacio público. Se despoja de lo erótico para hacer de ésta obra una comunicación clara y decididamente sexual; registrando en cada trabajo la plenitud de la figura, el movimiento femenino, sus curvas, sus hendiduras más ocultas, ostentadas desde la mirada masculina siempre seductora.
Giangrandi nos seduce desde 1960 hasta nuestros días con la exquisita capacidad de entregarnos su mensaje, desplegando sus ideas con la embriagante fuerza erótica de su estilo, sin importar si lo hace a través del grabado, la pintura, la fotografía ó el dibujo un trabajo que me atrevo a definir como una creación de piel.
Monday, June 25, 2007
Friday, October 13, 2006
SAN SEBASTIAN: La historia de un sueño que se hizo realidad.
Crónica
La historia que generó una pasión desmedida por una obra de David Manzúr.
Habría corrido quizá solo un par de meses del 2005 cuando la curiosidad otra vez me llevó al anaquel de la librería aeropuertuaria, ahí estaba la última edición de la revista Mundo y en su portada como amenazando salir de aquella página brillante un hombre desnudo con una expresión que se debatía entre dolor y placer -el mismo ser que en un gesto invisible me impulsó a comprarla-.
Pasados unos minutos me enfrenté a él sin miedo y noté en los claroscuros de su piel algo conocido, un gesto que no sabía identificar conscientemente pero que de alguna extraña forma encontraba muy familiar.
Bajé los ojos y ahí estaba la mirada altiva del padre de la imagen: David Manzur, una firma que aprendí a identificar cuando a duras penas podía escribir con certeza dos ó tres vocales, en casa de una tía coleccionista que exhibía sus obras con el mayor de los orgullos.
Una firma que ahora regresaba entrada mi juventud a enfrentarme a éste coloso seductor que con nombre de santo y apariencia de pintura renacentista aparecía humano hasta erizarme la piel.
Esa tarde hacía tránsito de regreso al caribe, no podría asistir a la exposición donde mostrarían en vivo y en directo aquella maravilla de la pintura, ¿ò de la realidad? La verdad es que la sensación que me producía era tan vívida que no me di al engorroso trabajo de separar mi percepción de la naturaleza de la obra.
En el avión un poco entretenida con mis propias ideas le di una leída poco atenta a los textos –pues prefería quedarme con la agradable sensación que me había sembrado la imagen-. Un par de semanas después regresé a Bogotá y sus nuevos dueños se habían llevado a San Sebastián a un lugar lejos del alcance de mis sentidos y entonces fue cuando me tocó quedarme con aquella imagen de revista que ojeaba de vez en cuando para cerciorarme que San Sebastián aún capturado en la pasta brillante esperaba a que yo lo viera un día no muy lejano.
Pasaron un par de meses, tal vez un año ó algo así y cuando ya la imagen de San Sebastián tenía varias revistas encima, en medio de una agotadora jornada de trabajo en Medellín, llegando al hotel agotada física y mentalmente, mi cliente -trabajo en relaciones públicas- me pide el favor de atender un percance de un invitado muy especial –María del Pilar, sé que estás cansada pero, ¿podrías ayudarme para arreglar un incidente con el hospedaje del maestro David Manzur?.
Las palabras que en otras circunstancias podrían ser un lastre adicional a mi jornada, fueron el combustible para ponerme inmediatamente disponible, a los pocos segundos no solo había resuelto el impase con respecto al hospedaje del maestro, si no que estaba al frente suyo con todas las ganas de obligarlo a decirme donde estaba el San Sebastián de mis ansias. Sin embargo, el protocolo y mi posición de relacionista pública me impidieron hacerlo, solo me quedaba postergar la oportunidad para el día siguiente en una conferencia.
Llegó la conferencia y el sin fin de asistentes se llevaron en una nube nuevamente a Manzur y con él mi oportunidad de conocer al San Sebastián. Así un poco decepcionada me dispuse a salir del salón y en un gesto de cortesía saludé al Art. Dealer del artista, a quien como un acto de última esperanza le pregunté: -¿sabe usted donde está el San Sebastián?, -Sí por supuesto, lo tienen en la galería La Cometa en Bogotá, -¿de verdad?, mañana voy para Bogotá. -¿de veras?, ¿podemos hacer una cita? –por supuesto, ¿le parece el martes? –Sí, éste es mi celular, espero tú llamada.
Emocionada con la idea de ver al San Sebastián anhelado, debo confesar que fue muy poca la atención que le puse a la invitación del caballero, sin embargo la idea de finalmente enfrentarme a la pintura anhelada me emocionó el alma.
Llegué finalmente a Bogotá y luego de escurrirme de muchos compromisos logré llegar a la galería La Cometa y que tristeza cuando me dicen que se han llevado a San Sebastián por una muestra que van a colgar ese mismo día. ¡San Sebastián había huido de nuevo!
Ante la impotencia inminente frente a mi deseo decidí resignarme y entregar la posibilidad de ver a San Sebastián al destino, y continué mi vida como si el mismísimo San Sebastián no hubiese existido.
Luego de un par de días, noté en mi agenda la cita con el dealer del artista y ya completamente desprendada de la idea de ver el cuadro, asistí a la cita sin mayores contratiempos que la idea de ser atendida por un buen Art. dealer.
Relajada, sin prisa –como normalmente me pongo al tratar temas relacionados con arte- llegué a un edificio postmoderno a punto de ser terminado, con acabados en aluminio sobre el blanco y el vidrio impecable, ubicado en una zona empresarial de mucho prestigio. El ingreso a aquellas torres parecía lo más distante al sitio que me esperaba: El Hogar de San Sebastián.
Tras una sùbita ascención se abrió la puerta hacia la cocina apacible de cualquier casa sofisticada, instrumentos de cocina, copas de cristal, uno que otro insumo importado, nada que no se pudiera esperar.
Luego tras unos instantes apareció un hombre que al contraluz fulgurante de una ventana de doble piso me costó reconocer: era el Art dealer, ahora con un aspecto más fresco y liviano, una camisa blanca a medio abotonar, pantalón negro y zapatos a tono, todo finamente puesto más que para engalanarlo como para mejorar su sensación del mundo, fue extraño desde el primer momento pero era un ser que a diferencia de muchos parecía tener cada cosa no para vanagloriarse de ella si no con la deliciosa capacidad de disfrutarla al máximo.
Las galanterías del anfitrión no se hicieron esperar y sus atenciones resultaron ser siempre adecuadas y bienvenidas, un café, un vino, un bombón, una fruta; desplegando la habilidad del más diestro de los caballeros ingleses que en alguna época alguien llamó Lores.
Sin embargo había en él algo especial, algo más allá que la sensación naturalmente agradable de ser atendida de esa manera. En él como en algunas cosas que me he estrellado en el camino había algo familiar, algo que me acercaba a él sin realmente conocerlo, ese algo que me retornaba a la cabeza la misma pregunta que me llegó cuando vi la imagen del San Sebastián por primera vez. ¿Què eso tan familiar que tiene para mi?
Una sensación que recibió respuesta antes de lo previsto de manera desprevenida y sin siquiera pedirlo, en una frase que como una pluma bajó en el viento frente a mis ojos: -Yo fui el modelo del San Sebastián, Claro, cuando era más joven y bello –sonriendo-. Y así como supongo se han develado las grandes verdades de la historia, el sopor refrescante de tener finalmente a San Sebastián al frente me volvió a demostrar que afortunadamente lo que deseas se hace realidad.
Y él tal vez sin darse cuenta de la gran noticia que me había dado siguió mostrándome su mundo, el mundo de una pintura que se volvió vida ante mis ojos, la historia del hombre que resultó ser San Sebastían.
La historia que generó una pasión desmedida por una obra de David Manzúr.
Habría corrido quizá solo un par de meses del 2005 cuando la curiosidad otra vez me llevó al anaquel de la librería aeropuertuaria, ahí estaba la última edición de la revista Mundo y en su portada como amenazando salir de aquella página brillante un hombre desnudo con una expresión que se debatía entre dolor y placer -el mismo ser que en un gesto invisible me impulsó a comprarla-.
Pasados unos minutos me enfrenté a él sin miedo y noté en los claroscuros de su piel algo conocido, un gesto que no sabía identificar conscientemente pero que de alguna extraña forma encontraba muy familiar.
Bajé los ojos y ahí estaba la mirada altiva del padre de la imagen: David Manzur, una firma que aprendí a identificar cuando a duras penas podía escribir con certeza dos ó tres vocales, en casa de una tía coleccionista que exhibía sus obras con el mayor de los orgullos.
Una firma que ahora regresaba entrada mi juventud a enfrentarme a éste coloso seductor que con nombre de santo y apariencia de pintura renacentista aparecía humano hasta erizarme la piel.
Esa tarde hacía tránsito de regreso al caribe, no podría asistir a la exposición donde mostrarían en vivo y en directo aquella maravilla de la pintura, ¿ò de la realidad? La verdad es que la sensación que me producía era tan vívida que no me di al engorroso trabajo de separar mi percepción de la naturaleza de la obra.
En el avión un poco entretenida con mis propias ideas le di una leída poco atenta a los textos –pues prefería quedarme con la agradable sensación que me había sembrado la imagen-. Un par de semanas después regresé a Bogotá y sus nuevos dueños se habían llevado a San Sebastián a un lugar lejos del alcance de mis sentidos y entonces fue cuando me tocó quedarme con aquella imagen de revista que ojeaba de vez en cuando para cerciorarme que San Sebastián aún capturado en la pasta brillante esperaba a que yo lo viera un día no muy lejano.
Pasaron un par de meses, tal vez un año ó algo así y cuando ya la imagen de San Sebastián tenía varias revistas encima, en medio de una agotadora jornada de trabajo en Medellín, llegando al hotel agotada física y mentalmente, mi cliente -trabajo en relaciones públicas- me pide el favor de atender un percance de un invitado muy especial –María del Pilar, sé que estás cansada pero, ¿podrías ayudarme para arreglar un incidente con el hospedaje del maestro David Manzur?.
Las palabras que en otras circunstancias podrían ser un lastre adicional a mi jornada, fueron el combustible para ponerme inmediatamente disponible, a los pocos segundos no solo había resuelto el impase con respecto al hospedaje del maestro, si no que estaba al frente suyo con todas las ganas de obligarlo a decirme donde estaba el San Sebastián de mis ansias. Sin embargo, el protocolo y mi posición de relacionista pública me impidieron hacerlo, solo me quedaba postergar la oportunidad para el día siguiente en una conferencia.
Llegó la conferencia y el sin fin de asistentes se llevaron en una nube nuevamente a Manzur y con él mi oportunidad de conocer al San Sebastián. Así un poco decepcionada me dispuse a salir del salón y en un gesto de cortesía saludé al Art. Dealer del artista, a quien como un acto de última esperanza le pregunté: -¿sabe usted donde está el San Sebastián?, -Sí por supuesto, lo tienen en la galería La Cometa en Bogotá, -¿de verdad?, mañana voy para Bogotá. -¿de veras?, ¿podemos hacer una cita? –por supuesto, ¿le parece el martes? –Sí, éste es mi celular, espero tú llamada.
Emocionada con la idea de ver al San Sebastián anhelado, debo confesar que fue muy poca la atención que le puse a la invitación del caballero, sin embargo la idea de finalmente enfrentarme a la pintura anhelada me emocionó el alma.
Llegué finalmente a Bogotá y luego de escurrirme de muchos compromisos logré llegar a la galería La Cometa y que tristeza cuando me dicen que se han llevado a San Sebastián por una muestra que van a colgar ese mismo día. ¡San Sebastián había huido de nuevo!
Ante la impotencia inminente frente a mi deseo decidí resignarme y entregar la posibilidad de ver a San Sebastián al destino, y continué mi vida como si el mismísimo San Sebastián no hubiese existido.
Luego de un par de días, noté en mi agenda la cita con el dealer del artista y ya completamente desprendada de la idea de ver el cuadro, asistí a la cita sin mayores contratiempos que la idea de ser atendida por un buen Art. dealer.
Relajada, sin prisa –como normalmente me pongo al tratar temas relacionados con arte- llegué a un edificio postmoderno a punto de ser terminado, con acabados en aluminio sobre el blanco y el vidrio impecable, ubicado en una zona empresarial de mucho prestigio. El ingreso a aquellas torres parecía lo más distante al sitio que me esperaba: El Hogar de San Sebastián.
Tras una sùbita ascención se abrió la puerta hacia la cocina apacible de cualquier casa sofisticada, instrumentos de cocina, copas de cristal, uno que otro insumo importado, nada que no se pudiera esperar.
Luego tras unos instantes apareció un hombre que al contraluz fulgurante de una ventana de doble piso me costó reconocer: era el Art dealer, ahora con un aspecto más fresco y liviano, una camisa blanca a medio abotonar, pantalón negro y zapatos a tono, todo finamente puesto más que para engalanarlo como para mejorar su sensación del mundo, fue extraño desde el primer momento pero era un ser que a diferencia de muchos parecía tener cada cosa no para vanagloriarse de ella si no con la deliciosa capacidad de disfrutarla al máximo.
Las galanterías del anfitrión no se hicieron esperar y sus atenciones resultaron ser siempre adecuadas y bienvenidas, un café, un vino, un bombón, una fruta; desplegando la habilidad del más diestro de los caballeros ingleses que en alguna época alguien llamó Lores.
Sin embargo había en él algo especial, algo más allá que la sensación naturalmente agradable de ser atendida de esa manera. En él como en algunas cosas que me he estrellado en el camino había algo familiar, algo que me acercaba a él sin realmente conocerlo, ese algo que me retornaba a la cabeza la misma pregunta que me llegó cuando vi la imagen del San Sebastián por primera vez. ¿Què eso tan familiar que tiene para mi?
Una sensación que recibió respuesta antes de lo previsto de manera desprevenida y sin siquiera pedirlo, en una frase que como una pluma bajó en el viento frente a mis ojos: -Yo fui el modelo del San Sebastián, Claro, cuando era más joven y bello –sonriendo-. Y así como supongo se han develado las grandes verdades de la historia, el sopor refrescante de tener finalmente a San Sebastián al frente me volvió a demostrar que afortunadamente lo que deseas se hace realidad.
Y él tal vez sin darse cuenta de la gran noticia que me había dado siguió mostrándome su mundo, el mundo de una pintura que se volvió vida ante mis ojos, la historia del hombre que resultó ser San Sebastían.
Tuesday, August 15, 2006
CARLOS JACANAMIJOY: Generosidad de espritu.
Perfil
Texto que acompañó la primera exposición individual en el caribe colombiano de Carlos Jacanamijoy, uno de los artistas colombiano más reconocidos en el mundo.
Aùn cuando sus coloridas emociones no dejaban de perseguirme me estrellè con su mirada, una mirada negra, plana, plena en su presencia pero escasa en revelaciòn. Una mirada espejo, esa que refleja a quien la mira para no delatar a quien la posee, unos ojos que màs que entregar respuestas, acrecientan las preguntas de quien como yo busca el camino hacia el prisma que entrega los colores que aùn me obnubilan: la paleta espiritual de Carlos Jacanamijoy.
Su presencia, una sugerencia tan discreta y suave, como contundente es la de su obra, esas telas vivas, que nos llaman, nos atraen, introducièndonos en un diàlogo solo comparable a la magia, a aquellas sensaciones de èxtasis inexplicable que nos llevan del placer hacia un encuentro con lo màs vivo de la propia esencia humana.
Jacanamijoy, un nombre sinònimo de èxito en el mercado nacional e internacional del arte, una presencia deseada en lo más alto de los cìrculos sociales del paìs, una firma que engalana encumbradas colecciones, un mito que circunda las conversaciones plàsticas en un espacio donde la banalidad y la espiritualidad se dan una guerra sin cuartel. Condiciones que no se pueden desconocer al acercarse a este trabajo, pero que se debe despreciar al acercarse al artista.
Carlos Jacanamijoy es de una u otra forma la fuente de esa experiencia espiritual que son sus pinturas, por encima de las apreciaciones plásticas versadas y de los estimativos comerciales, que en su carrera alocada de halagos han olvidado lo más importante: la plenitud de un espritu que se nos entrega, la profundidad de un portal que se nos abre, la sensibilidad de un hombre en generosidad plena que refleja la memoria de su pueblo, el fulgor de sus paisajes, disponiendo su cuerpo al servicio de un oficio que alegra el espritu del más desprevenido, incluso de aquel que ha llegado con la deliciosa inocencia de la primera vez ante eso que nos habita por igual y que explica la universalidad de la pintura de este artista.
Trascender su presencia fsica -la del creador-, es un asunto que resulta difcil, sobre todo cuando nos dejamos embrujar por la reputación que lo circunda, llenándonos de ese loco afán de conocer lo que hay detrás de esa imagen que se nos presenta tan antónima a la obra que lo ocupa.
Ver al artista en lo cotidiano y a su obra es enfrentarse a una antonimia confusa sin aparente salida, un inexplicable que nos deja atónitos, llenos de preguntas, gracias a esa inalienable condición occidental de querer una explicación, un motivo, un orígen para todo, sobre todo de aquello que al parecer no ha sido investigado, descubierto, eso a lo nadie a podido acercarse: el espritu de Carlos Jacanamijoy.
Imaginar los niveles de sensibilidad, más aún el alma de alguien que es capaz de entregar al mundo obras de estas características, es un asunto que le aviva a cualquiera el interés y las expectativas. En mi caso personal, más allá del mito hacia un hombre de condición ambivalente que se debate día con día entre su origen ancestral y la vertiginosidad de una vida Newyorkina. Un contraste que pensándolo bien llega a explicar su presencia simple y a la vez antónima, pues quiz es la nica forma de proteger un alma tan sensible de los estragos del comercio, la fama y el status que ahogan su nombre, su firma, en un contexto donde la sensibilidad podra naufragar.
Formado por la academia como artista plástico, su gesto no ha perdido la frescura del boceto, libre y pleno se despliega en los soportes, como aquel ave que cautiva en una realidad de metal abre sus alas en la intimidad de cielos conocidos, esos que lo protegen y a la vez lo proyectan a los matices de su prolífica paleta.
Pionero acadèmico de su comunidad, embajador de sus costumbres y rituales; Jacanamijoy es un ser tan enigmàtico como lo es para la mayora de los aficionados a la plàstica, un depósito de los secretos de su pueblo, un enigma amable que anestesia nuestra curiosidad con una sonrisa y apacigua la ansiedad con un gesto, hacièndonos entender que su alma se nos entregò antes que su corporalidad màs allà incluso de si mismo en un acto de generosidad difìcil, esa que nos regala su espritu en esa maravilla que son sus obras, trabajos que renuevan la idea de arte y avivan el espìritu.
Por:
MARIA DEL PILAR RODROGUEZ
Bogot, Julio 31 de 2006
Texto que acompañó la primera exposición individual en el caribe colombiano de Carlos Jacanamijoy, uno de los artistas colombiano más reconocidos en el mundo.
Aùn cuando sus coloridas emociones no dejaban de perseguirme me estrellè con su mirada, una mirada negra, plana, plena en su presencia pero escasa en revelaciòn. Una mirada espejo, esa que refleja a quien la mira para no delatar a quien la posee, unos ojos que màs que entregar respuestas, acrecientan las preguntas de quien como yo busca el camino hacia el prisma que entrega los colores que aùn me obnubilan: la paleta espiritual de Carlos Jacanamijoy.
Su presencia, una sugerencia tan discreta y suave, como contundente es la de su obra, esas telas vivas, que nos llaman, nos atraen, introducièndonos en un diàlogo solo comparable a la magia, a aquellas sensaciones de èxtasis inexplicable que nos llevan del placer hacia un encuentro con lo màs vivo de la propia esencia humana.
Jacanamijoy, un nombre sinònimo de èxito en el mercado nacional e internacional del arte, una presencia deseada en lo más alto de los cìrculos sociales del paìs, una firma que engalana encumbradas colecciones, un mito que circunda las conversaciones plàsticas en un espacio donde la banalidad y la espiritualidad se dan una guerra sin cuartel. Condiciones que no se pueden desconocer al acercarse a este trabajo, pero que se debe despreciar al acercarse al artista.
Carlos Jacanamijoy es de una u otra forma la fuente de esa experiencia espiritual que son sus pinturas, por encima de las apreciaciones plásticas versadas y de los estimativos comerciales, que en su carrera alocada de halagos han olvidado lo más importante: la plenitud de un espritu que se nos entrega, la profundidad de un portal que se nos abre, la sensibilidad de un hombre en generosidad plena que refleja la memoria de su pueblo, el fulgor de sus paisajes, disponiendo su cuerpo al servicio de un oficio que alegra el espritu del más desprevenido, incluso de aquel que ha llegado con la deliciosa inocencia de la primera vez ante eso que nos habita por igual y que explica la universalidad de la pintura de este artista.
Trascender su presencia fsica -la del creador-, es un asunto que resulta difcil, sobre todo cuando nos dejamos embrujar por la reputación que lo circunda, llenándonos de ese loco afán de conocer lo que hay detrás de esa imagen que se nos presenta tan antónima a la obra que lo ocupa.
Ver al artista en lo cotidiano y a su obra es enfrentarse a una antonimia confusa sin aparente salida, un inexplicable que nos deja atónitos, llenos de preguntas, gracias a esa inalienable condición occidental de querer una explicación, un motivo, un orígen para todo, sobre todo de aquello que al parecer no ha sido investigado, descubierto, eso a lo nadie a podido acercarse: el espritu de Carlos Jacanamijoy.
Imaginar los niveles de sensibilidad, más aún el alma de alguien que es capaz de entregar al mundo obras de estas características, es un asunto que le aviva a cualquiera el interés y las expectativas. En mi caso personal, más allá del mito hacia un hombre de condición ambivalente que se debate día con día entre su origen ancestral y la vertiginosidad de una vida Newyorkina. Un contraste que pensándolo bien llega a explicar su presencia simple y a la vez antónima, pues quiz es la nica forma de proteger un alma tan sensible de los estragos del comercio, la fama y el status que ahogan su nombre, su firma, en un contexto donde la sensibilidad podra naufragar.
Formado por la academia como artista plástico, su gesto no ha perdido la frescura del boceto, libre y pleno se despliega en los soportes, como aquel ave que cautiva en una realidad de metal abre sus alas en la intimidad de cielos conocidos, esos que lo protegen y a la vez lo proyectan a los matices de su prolífica paleta.
Pionero acadèmico de su comunidad, embajador de sus costumbres y rituales; Jacanamijoy es un ser tan enigmàtico como lo es para la mayora de los aficionados a la plàstica, un depósito de los secretos de su pueblo, un enigma amable que anestesia nuestra curiosidad con una sonrisa y apacigua la ansiedad con un gesto, hacièndonos entender que su alma se nos entregò antes que su corporalidad màs allà incluso de si mismo en un acto de generosidad difìcil, esa que nos regala su espritu en esa maravilla que son sus obras, trabajos que renuevan la idea de arte y avivan el espìritu.
Por:
MARIA DEL PILAR RODROGUEZ
Bogot, Julio 31 de 2006
LOS GRITOS EN SILENCIO DE UMBERTO GIANGRANDI
Perfil
Un perfil viceral de la primera autoridad del grabado en Colombia.
El silencio, esa ausencia de sonidos que nos deja a solas con nosotros mismos. Con las ideas, los pensamientos, los recuerdos, los fantasmas de nuestro ser; una experiencia que poco nos agrada afrontar al común de los seres humanos.
Huyendo del callado latir de nuestra mente, libre en la ausencia de distractores externos, cada día buscamos una nueva razón para hacer ruido y ahogarnos en la sinfonía destemplada que a veces resulta ser la cotidianidad.
El silencio, visto a los ojos de la meditación consciente y a la luz de las palabras de una amiga cercana, es el ejercicio de quedarse en una quietud mental profunda que más allá de hundirnos en el mare mágnum de nuestros pensamientos, nos hace navegar en las perfectas aguas de nuestra esencia: el amor. Una experiencia que a través de su proceso creativo vive UMBERTO GIANGRANDI; un ser que hoy hace una retrospectiva de la vida, con la franqueza del que se siente dueño de aquello que lo exalta y lo motiva: El propio amor.
A la primera mirada una pose de sabiduría nos detiene, nos cohíbe, nos distancia, más tarde una voz seductora nos atrae, nos cautiva, nos deleita; para que en cualquier momento su mirada plateada nos asalte para imponernos el peso de su razón, de sus ideas y su condición, no solo de artista, si no fundamentalmente de un ser humano que conoce más de uno de los secretos que guarda con recelo la vida.
Extranjero en Colombia, aún conserva el tono de la visión externa de lo que aquí pasa, es a veces como si pudiera ver desde sus raíces los frutos de nuestros árboles, sin temor a tomarlos, a sentir su sabor.
Precursor y aún hoy autoridad del grabado en Colombia, es un artista plástico cuya reputación le antecede, aunque insista en querer un bajo perfil: “La voz ya se le escuchó a Alejandro Obregón”. Sin embargo, su altivez, su caminar, sus habilidades de buen conversador nos dicen otra cosa… No se trata de ser una codorniz cualquiera, se trata de un águila que solo despliega sus alas cuando la altura lo merece.
Hablarle, incluso acompañarle en una actividad cotidiana, es una experiencia que lo aleja del mamotreto de referencias que se llevan a cuestas cuando se toca a su puerta, porque en un par de minutos, en dos gestos -cual boceto- se dibuja como quiera, sobre todo ante una aficionada como yo.
“Los artistas somos seres humanos” -señaló su voz-, aunque en su trabajo ya lo había gritado, desde atrás, mucho atrás. Su obra siempre nos entrega una mirada humana, no humanista, si no humana; la de un hombre que se atreve cada día a quedarse en silencio para enfrentar sus propios fantasmas, dándose a si mismo una batalla descarnada con sus alegrías y sus sin sabores, con sus éxtasis y decepciones, pero ante todo con sus pasiones y sus amores.
Trazos rápidos que me recuerdan a veces a Guayasamín, a veces a Picasso, carmines exacerbados en grabados fulgurantes, blancos y negros sentimentales, mixtas políticas de fuego, pinceladas silvestres… Seductoras, eróticas, una conquista a mi femme condición.
Fuerte, con líneas de concepción y pensamiento finamente delineadas, no se ha rendido a los encantos de la imitación y el culto, que bien podía lacerar al hombre que en sus talleres de grabado más artistas ha conocido y asesorado en Colombia.
Nuevamente en silencio, con el par de cristales miel atentos al mundo, se enfrenta a su soledad de nuevo… Para lanzar el grito que nos atrae los sentidos a su trabajo, el trabajo humano de un artista llamado UMBERTO GIANGRANDI.
Por:
MARÍA DEL PILAR RODRÍGUEZ
Bogotá, Julio 9 de 2006
Un perfil viceral de la primera autoridad del grabado en Colombia.
El silencio, esa ausencia de sonidos que nos deja a solas con nosotros mismos. Con las ideas, los pensamientos, los recuerdos, los fantasmas de nuestro ser; una experiencia que poco nos agrada afrontar al común de los seres humanos.
Huyendo del callado latir de nuestra mente, libre en la ausencia de distractores externos, cada día buscamos una nueva razón para hacer ruido y ahogarnos en la sinfonía destemplada que a veces resulta ser la cotidianidad.
El silencio, visto a los ojos de la meditación consciente y a la luz de las palabras de una amiga cercana, es el ejercicio de quedarse en una quietud mental profunda que más allá de hundirnos en el mare mágnum de nuestros pensamientos, nos hace navegar en las perfectas aguas de nuestra esencia: el amor. Una experiencia que a través de su proceso creativo vive UMBERTO GIANGRANDI; un ser que hoy hace una retrospectiva de la vida, con la franqueza del que se siente dueño de aquello que lo exalta y lo motiva: El propio amor.
A la primera mirada una pose de sabiduría nos detiene, nos cohíbe, nos distancia, más tarde una voz seductora nos atrae, nos cautiva, nos deleita; para que en cualquier momento su mirada plateada nos asalte para imponernos el peso de su razón, de sus ideas y su condición, no solo de artista, si no fundamentalmente de un ser humano que conoce más de uno de los secretos que guarda con recelo la vida.
Extranjero en Colombia, aún conserva el tono de la visión externa de lo que aquí pasa, es a veces como si pudiera ver desde sus raíces los frutos de nuestros árboles, sin temor a tomarlos, a sentir su sabor.
Precursor y aún hoy autoridad del grabado en Colombia, es un artista plástico cuya reputación le antecede, aunque insista en querer un bajo perfil: “La voz ya se le escuchó a Alejandro Obregón”. Sin embargo, su altivez, su caminar, sus habilidades de buen conversador nos dicen otra cosa… No se trata de ser una codorniz cualquiera, se trata de un águila que solo despliega sus alas cuando la altura lo merece.
Hablarle, incluso acompañarle en una actividad cotidiana, es una experiencia que lo aleja del mamotreto de referencias que se llevan a cuestas cuando se toca a su puerta, porque en un par de minutos, en dos gestos -cual boceto- se dibuja como quiera, sobre todo ante una aficionada como yo.
“Los artistas somos seres humanos” -señaló su voz-, aunque en su trabajo ya lo había gritado, desde atrás, mucho atrás. Su obra siempre nos entrega una mirada humana, no humanista, si no humana; la de un hombre que se atreve cada día a quedarse en silencio para enfrentar sus propios fantasmas, dándose a si mismo una batalla descarnada con sus alegrías y sus sin sabores, con sus éxtasis y decepciones, pero ante todo con sus pasiones y sus amores.
Trazos rápidos que me recuerdan a veces a Guayasamín, a veces a Picasso, carmines exacerbados en grabados fulgurantes, blancos y negros sentimentales, mixtas políticas de fuego, pinceladas silvestres… Seductoras, eróticas, una conquista a mi femme condición.
Fuerte, con líneas de concepción y pensamiento finamente delineadas, no se ha rendido a los encantos de la imitación y el culto, que bien podía lacerar al hombre que en sus talleres de grabado más artistas ha conocido y asesorado en Colombia.
Nuevamente en silencio, con el par de cristales miel atentos al mundo, se enfrenta a su soledad de nuevo… Para lanzar el grito que nos atrae los sentidos a su trabajo, el trabajo humano de un artista llamado UMBERTO GIANGRANDI.
Por:
MARÍA DEL PILAR RODRÍGUEZ
Bogotá, Julio 9 de 2006
Tuesday, January 10, 2006
CLAUDIA FADUL: ¡Más que Cartagenera!
Perfil
Una declaración abierta de la condición ganada y establecida de una mujer que ha demostrado y sigue demostrando ser más Cartagenera que muchas de las que éste título ostentan.
Mientras más subía las escaleras del teatro más sentía herido mi ego de burguesa pretenciosa, al tener que optar por ubicarme en el tan desprestigiado “gallinero”. Finalmente llegué y mi disgusto fue estocado con la ausencia de sillas. Me había puesto traje de gala, zapatillas altas, para simplemente terminar de pie en el gallinero del Teatro Heredia… ¡la noche había comenzado con el pie izquierdo!
Y bendito sea el dichoso pie izquierdo que de una zancada –aparentemente mal dada- me llevó a orillas del balcón, invitándome a jugar a la deidad observando desde las alturas aquello que se le parecía escapar a mi naturaleza a veces tan inhumana.
Habían personas, personitas y personalidades por do quier, con un solo punto en común: todos se negaban al anonimato, cada uno a su manera procuraba el protagonismo, con un traje, un color de cabello, una camisa, un caminar, una joya, una flor, todo por lograr la atención de esos muchos otros que nunca lograrían atraer porque tenían la mirada fija en ellos mismos.
Habíamos sido convocados por un idéntico motivo: celebrar que Cartagena tendría Festival Musical en el 2007, un logro que más allá de nuestros atavíos y por supuesto de pretensiones burguesas –como lo mía de querer una silla-, es una adquisición invaluable para la ciudad, algo así como un patrimonio para el patrimonio, una de esas cosas que como una dulce caricia nos toca el rostro para marcarnos el alma, un halago a los sentidos maltratados y malbaratados de nuestra Cartagena para sellarnos el corazón el resto de nuestras vidas. Un sutil, amoroso y a la vez suntuoso milagro que solo podía nacer y crecer en el alma de quien esta noche me terminó de demostrar que es incluso más allá de su propio nombre: CLAUDIA FADUL ROSA.
Dibujada como una silueta victoriana por un traje entre majestuoso y etéreo -que a pesar del negro no lograba ser discreto-, subió al escenario a hacer público aquello que ya entre sillas y palcos era desde la entrada una certeza: ella era la directora del Festival Musical Cartagena 2007.
Un corto silencio trajo de la mano sus palabras para transformarlas en una sola para mi memoria -esculpiéndola con su voz de un tajo-: “Bendiciones”. No puedo negarlo una lágrima recorrió mi mejilla y destrozó mis ínfulas al presenciar la grandeza de aquella que en medio de los honores, bendice a aquellos que debían hacer suya la pleitesía, por un logro que pocos realmente entendían.
Y es precisamente en éste momento que cabe disculparme con el lector por mi audacia y siempre viceral descripción, pero la verdad a fuerza de años y abrazos no puedo luchar con mi convicción de que ésta es más allá de una mujer, una abogada, una luchadora, una madre, una amiga, es un ser lleno de amor y convicción a tal punto que logra embriagar con sus ideas, un teatro, un estadio, y mi ilusión de ver la ciudad que en sus ojos cabe como en mi mirada una flor. Esa ciudad de calles anchas, sonidos de violín y tambor, una ciudad de murallas, baluartes, museos y canción, un hogar perfecto para seres que más allá de si mismos nos hacen entender el verdadero sentido de ese que dijo que en el fondo todos somos amor.
Una ciudad que haciendo gala de su heroísmo ancestral sea capaz de mostrar a propios y extraños su más preciado capital: su gente, esa gente que canta, baila y ríe, esa gente que camina, trabaja y sirve en este pedazo de tierra costera que más allá de murallas y playas es eso que a Claudia le cabe en el alma y la hace impermeable a la envidia, el señalamiento y la maldad de quienes osan en tratar de descalificarla por no haber nacido en esta lengua de arena que es en ella más que una obsesión, un cometido personal.
Caminando por las calles de Bazurto, negada a la maquinaria tradicional, haciendo la intentona de llegar a ser alcaldesa; escalando el fuerte de San Felipe de Barajas –en tacones puntilla, corriendo a pleno sol- al frente de la sociedad de mejoras públicas, como anfitriona de las delicias de su mesa, recibiendo el premio Reina Sofía, en una reunión en cualquier parte del globo, incluso respondiendo ante acusaciones y señalamientos en el consejo de Cartagena, en ella persiste una seguridad entre valiente y coqueta que la saca airosa de cualquier lugar, dejando siempre ese halo que se debate aún entre envidia y asombro.
Ha pasado poco más de una década desde el día que la conocí, tantos sus hijos como yo éramos unos niños y su esbelta figura de Barbie real se me antojaba a algo así como una muñeca muy grande para jugar. Una sonrisa siempre en los labios y una voz generosa que los años me han enseñado a respetar, se dibujaron en mi vida como la historia de una gladiadora que a su voz a comandado una familia, adorado un esposo, respaldado a unas hermanas y hermanos, dirigido comidas, cumpleaños, instituciones y hasta grupos de rock, una persona que he admirado desde que me acuerdo pero que solo hasta hoy siento me ha entregado su legado, su lección: MÁS VALE SER UNA SINCELEJANA AMANTE DE CARTAGENA, QUE UNA CARTAGENERA SIN CONVICCIÓN.
Thursday, January 05, 2006
El verdadero oficio de los García Márquez
La verdadera historia de la que parecía virtud exclusiva del Nóbel y que hoy descubrimos es habilidad compartida y familiar.
Una dinámica de vida en la que un cuento es el centro de la diversión, una novela la generadora de capital y un sin fin de crónicas las protectoras de la reputación familiar, es un entorno donde todo es posible mientras sea susceptible de ser contado… muy bien contado.
Al sonar de las copas que se sirven –en el altar de la iglesia ó en el bar-, hay una voz entre dulzona, caribe y viril que me camina por el cuello como un hormigueo extraño sube hasta mi oído y me hace reír. No hay duda, por esos lares anda ese que excusado en la reputación de escritor de su hermano, se ha librado del yugo de tener que escribir lo que en ellos es natural y fortuito – el saber contar las cosas- habilidad que para gracia nuestra se desparrama en la voz de éste juglar.
“Resulta que tocó arreglar los muebles y se los llevamos a un tapicero que prometió entregarlos el 2 y llego el 20 y ni razón de ellos…”. Estas palabras parecen el inicio de una narración doméstica sin importancia que podría hacer sufrir a cualquier ama de casa, destellando en angustia por la ausencia de sus muebles, matando su pena mientras se la trasmite a sus amigas en el supermercado. Pero no, la escena es muy distinta de hecho casi antagónica…
Seis hombres posesionados de la mesa de un bar, Whisky en mano y virilidad en pecho, se encuentran hipnotizados oyendo al juglar contar la historia de los muebles que de su casa se habían ausentado después de una especie de secuestro al que fueron condenados, una vez entregados a un tapicero incumplido, que mantuvo en veremos parte del patrimonio familiar. Un crimen que nos hizo un favor: dejó que éste, el que no sabe –según él- ni escribir cartas de amor, refrendara mi teoría de que eso de saber contar los cuentos no es cosa de la pluma de su hermano, eso es cosa del apellido ó de eso que llaman genética.
Ya mi memoria casi alcanza a perder la cuenta de las veces que me he quedado petrificada ante los cuentos del hermano sánduche –un sustantivo con el que él se autorretrata y que yo todavía no entiendo muy bien-. Son muchas las historias que en su voz se vuelven mágicas, así retraten solo los eventos más simples de nuestro entorno caribe. Un contexto que a veces resulta hasta risible si uno lo analiza desde éstos cuentos que yo catalogo entre otras cosas como una parodia analgésica para estos días postmodernos.
Escuchar a éste Ingeniero Civil –recientemente titulado Ingeniero Cultural por la dignidad de su hija de 12 años-, hablar sobre su madre y sus respuestas insólitas, las parrandas juveniles e incluso las anécdotas del día a día, es una de esas aventuras que se emprende sin un porque aparente, solo movido por una atracción indescriptible que alerta la imaginación y lo pone a uno a navegar al ritmo de la voz del que dibuja con maestría la escena en cuestión.
Es increíble que sin comas, ni puntos, ni comillas ni nada de los habituales yugos ortográficos y de puntuación que vivimos los que escribimos; este hombre logre poner a cualquiera a tono con su charla de una manera tan magnética que es difícil de creer hasta que uno no ve a un poeta, un mercader, un filosofó, una modelo y dos intelectuales, completamente extasiados por la charla que puede tocar desde la fundación del festival vallenato, hasta los orígenes de Crónica de una muerte anunciada.
Haciendo uso siempre de un bajo perfil, aparentemente lejano a eso de las letras, es un hombre de familia que sin afán de protagonismo cautiva los oídos de los desprevenidos que en una reunión de amigos le arrancan alguna historia. Narraciones, con las que cualquier periodista vivo podría contar sin titubeos los detalles que en vivir para contarla tal vez se omitieron y que en su simpleza encantadora resguardan inequívocamente el verdadero oficio de los García Márquez.
Hermano menor del único premio Nóbel de literatura con el que cuenta nuestra patria, envuelto en la pequeñez de los círculos sociales de la vieja Cartagena, Jaime García Márquez es blanco fácil del snobismo y la pretensión, sin embargo creo que en Cartagena de Indias no hay alguien más lejano a esos lindes que éste juglar caribe, que con sus ocurrencias nos deja a todos perplejos al ritmo de su conversación en éste oficio exquisito que parece a la familia seduce: contar historias… pero eso si: ¡bien contadas!.
Por:
SEXARTE
Diciembre 30 de 2005
Sunday, October 16, 2005
HOMBRES : ¡en la variedad está el placer!
¡Hombres!, ¡todos son iguales!, esta es una afirmación que seguramente muchos han escuchado en boca de por lo menos el 99% de las mujeres que se han enfadado con alguno, sin embargo, -con el perdón de mis compañeras de género-, yo no pienso igual, no todos los hombres son iguales, de hecho ha eso le debo mi orgullosa heterosexualidad: pues como por ahí dicen que en la variedad está el placer.. ¡me encantan los hombres, todos son diferentes!.
De hecho en mi poca edad y corta experiencia, pero gracias a un sin número de amigas y sus respectivas parejas, he podido descubrir un par de especies en cuanto a los hombres se refiere. Aunque soy bastante ajena a la zootecnia y la veterinaria, no he encontrado otra forma de ordenarlos si no por su extraña similitud con ciertas especies, que me permitiré la ligereza de describir a continuación.
Comencemos con los Pollos: son un cierto tipo de hombre elegante, un poco convencional, con expectativas de hogar y vida estable, aparentemente fieles y bien portados, sin embargo tienen una particularidad, que los hace menos santos de lo que uno piensa, pero aparentemente màs buenos de lo que nadie pensaría de un hombre.
Aparecen aparentemente despistados, -padecen supuestamente de tener memoria de pollo-, de nada se acuerdan, todo lo olvidan, hasta tal punto que hasta a la mujer màs suspicaz le parece un hombre incapaz de sostener una cuartada por màs de 24 horas, con tan mala memoria.. ¡por favor!, ¡que mentira podría sostener!.
Sin embargo, este tipo de ejemplares de mala memoria no solo la tienen en detrimento de nuestros cumpleaños, celebraciones entre otros, si no que tambièn la tienen para olvidar sus fechorías –léase: infidelidades, escapaditas, etc-, hasta tal punto que el cinismo es pálido.
Estos andantes caballeros gracias a esta memoria tan frágil, se desdoblan, tienen un alter ego en el que pasan de la ternura de un pollito a la fuerza de un gavilán, son algo asì como un gavilán con memoria de pollo.... ¿no es entonces esta una especie perfecta, para algunas etapas de la vida?, es un ser con quien la puedes pasar divertidísimo, cumplir todas tus fantasías, con la garantía de que nadie se acordará de tù escapadita, ni siquiera aquella que todavía cree que el es un santo.
Los pollos son buenos amigos –de los que puedes llamar a la madrugada porque se reventó un tubo en casa-, valoran grandemente la amistad gracias a que son hogareños y tienen los valores familiares muy arraigados, son bastante tradicionales –aunque destetan aceptarlo-, son el perfecto cómplice: un caballero en la mesa y una fiera en...... ¡otros lugares!
Sigamos con los gatos, ... ¡hay los gatos!, estos felinos son todo un caso, son ese tipo de hombres voluntariosos que todo el tiempo se vanaglorian de “hacer lo que les da la gana”, son autónomos, independientes –ó por lo menos eso quieren parecer-, llegan al punto de aprender a planchar, cocinar y lavar para no depender ni siquiera del servicio, todo lo que haces para ellos, tal vez podrían hacerlo un poco mejor, ó por lo menos son capaces de encontrar a alguien que lo mejore, no aceptan sugerencias en cuanto a atenciones ú obsequios, sin embargo tienen a su favor otras tantas maravillas...
Son autónomos en todo sentido: no se les escapa nada, tienen una memoria prodigiosa y son de lo más creativo que he visto, por ello tienen la mejor capacidad de sorprenderte, ocupándose hasta del último detalle, desarrollan tal cantidad de habilidades que logran envolverte en un mundo exuberante de locura desmedida, si eres un poco paciente y los dejas jugar puedes disfrutar las cosas que no llegaste a imaginar.
Son desconfiados, no confían ni en ellos mismos, por lo tanto son bastante inseguros, pero cuando toman una determinación mueren atados a ella, así sea la causa de la propia muerte. En cuanto los dejas desarrollarse y se sienten a gusto contigo se transforman en el más tierno de los meninos, su dulzura no tiene límites, aunque destetan que se la recuerden en público, por ello no son ni atentos, ni caballerosos, ni mucho menos galantes, eso sería una traición a su autosuficiencia sentimental.
Esta especie se la recomiendo a aquellas mujeres que vienen de relaciones largas y monótonas, luego de un par de meses con uno de estos gatos...¡te sentirás la dueña del mundo!.
De otro lado, están los Halcones, una especie muy rara, exótica diría yo, pero posible, muy posible... Este tipo de hombres son de aquellos que gracias a su posición intelectual y económica vuelan muy alto, muy, muy alto, no son audaces, sencillamente las alturas son su medio natural, observan todo desde arriba, casi como dioses, son de ese tipo de hombres que cuando los conoces, en la primera conversación parece que te leyeran el pensamiento.
Son de mente rápida, observadores, poco cautelosos –gracias a su seguridad-, son personajes que poco o nada se fijan en la moda ó el estilo, saben que sin necesidad de estos artilugios pueden llegar a ser protagonistas en cualquier episodio de quienes pisan todavía la tierra.
Ante todo inteligentes, no sienten miedo de confesar que una mujer les gusta, de hecho se desparpajan en hacerlo, pero siempre muy a su estilo, detestan los medios convencionales y se horrorizan ante la sola posibilidad de comportarse como un ser común y corriente.
Lo peor que les puedes hacer es obligarlos a vivir la cotidianidad, estos hombres jamás te acompañarán al súper ó a un banco y nuncan irán a una fiesta donde no sean los protagonistas, sin embargo, si lo que quieres es vivir un cuento de hadas, nadie mejor que un halcón para hacerlo realidad: ellos saben lo que quieres antes que lo pienses y son capaces de absolutamente cualquier cosa para que tus sueños se hagan realidad.
A pesar de que adoran volar, son fieles y se enamoran de verdad, no son para vivir aventuras, por eso se demoran en escoger la mujer que les interesa, planean sobre su vida mucho rato antes de demostrar su presencia, sobre todo porque prefieren la inocencia antes que cualquier cosa... y eso es difícil.. difícil de encontrar.
Finalmente me referiré a las liebres, una especie recientemente descubierta que es bastante curiosa, aunque para mi sorpresa bastante común en nuestras latitudes, el hombre liebre, es un hombre ante todo calculador y rápido en sus movimientos, es una persona que no se permite las tintas medias, ni los tal vez, el se anda con pies de plomo.
Pone reglas y límites de ante mano, es claro, sobre protector y muy paternalista, con èl las ambigüedades no pueden existir, es explosivo y se exacerba de un momento a otro para bien ó para mal...
Guarda dentro de si la ternura del conejito asustado que realmente es, deposita en su corazón un sin fin de valores y sentimientos nobles que gusta de ocultar, por considerarlos factores de riesgo, pero con astucia una mujer puede llegar a disfrutarlos a plenitud.
Son hombres que pueden transformarse ante tus ojos de un extremo a otro, pasar de ser un témpano a una llamarada, así sin intermedios, tienen excelente memoria y aunque no son tan creativos como los gatos, están siempre dispuestos a aprender.
He descubierto que esta especie es fabulosa para mujeres pacientes, que estén dispuestas a que la vida las sorprenda día a día, mujeres que gustan de sentirse protegidas y amadas, aquellas que desean un respaldo, una guía y ante todo mucho calor humano.
De hecho en mi poca edad y corta experiencia, pero gracias a un sin número de amigas y sus respectivas parejas, he podido descubrir un par de especies en cuanto a los hombres se refiere. Aunque soy bastante ajena a la zootecnia y la veterinaria, no he encontrado otra forma de ordenarlos si no por su extraña similitud con ciertas especies, que me permitiré la ligereza de describir a continuación.
Comencemos con los Pollos: son un cierto tipo de hombre elegante, un poco convencional, con expectativas de hogar y vida estable, aparentemente fieles y bien portados, sin embargo tienen una particularidad, que los hace menos santos de lo que uno piensa, pero aparentemente màs buenos de lo que nadie pensaría de un hombre.
Aparecen aparentemente despistados, -padecen supuestamente de tener memoria de pollo-, de nada se acuerdan, todo lo olvidan, hasta tal punto que hasta a la mujer màs suspicaz le parece un hombre incapaz de sostener una cuartada por màs de 24 horas, con tan mala memoria.. ¡por favor!, ¡que mentira podría sostener!.
Sin embargo, este tipo de ejemplares de mala memoria no solo la tienen en detrimento de nuestros cumpleaños, celebraciones entre otros, si no que tambièn la tienen para olvidar sus fechorías –léase: infidelidades, escapaditas, etc-, hasta tal punto que el cinismo es pálido.
Estos andantes caballeros gracias a esta memoria tan frágil, se desdoblan, tienen un alter ego en el que pasan de la ternura de un pollito a la fuerza de un gavilán, son algo asì como un gavilán con memoria de pollo.... ¿no es entonces esta una especie perfecta, para algunas etapas de la vida?, es un ser con quien la puedes pasar divertidísimo, cumplir todas tus fantasías, con la garantía de que nadie se acordará de tù escapadita, ni siquiera aquella que todavía cree que el es un santo.
Los pollos son buenos amigos –de los que puedes llamar a la madrugada porque se reventó un tubo en casa-, valoran grandemente la amistad gracias a que son hogareños y tienen los valores familiares muy arraigados, son bastante tradicionales –aunque destetan aceptarlo-, son el perfecto cómplice: un caballero en la mesa y una fiera en...... ¡otros lugares!
Sigamos con los gatos, ... ¡hay los gatos!, estos felinos son todo un caso, son ese tipo de hombres voluntariosos que todo el tiempo se vanaglorian de “hacer lo que les da la gana”, son autónomos, independientes –ó por lo menos eso quieren parecer-, llegan al punto de aprender a planchar, cocinar y lavar para no depender ni siquiera del servicio, todo lo que haces para ellos, tal vez podrían hacerlo un poco mejor, ó por lo menos son capaces de encontrar a alguien que lo mejore, no aceptan sugerencias en cuanto a atenciones ú obsequios, sin embargo tienen a su favor otras tantas maravillas...
Son autónomos en todo sentido: no se les escapa nada, tienen una memoria prodigiosa y son de lo más creativo que he visto, por ello tienen la mejor capacidad de sorprenderte, ocupándose hasta del último detalle, desarrollan tal cantidad de habilidades que logran envolverte en un mundo exuberante de locura desmedida, si eres un poco paciente y los dejas jugar puedes disfrutar las cosas que no llegaste a imaginar.
Son desconfiados, no confían ni en ellos mismos, por lo tanto son bastante inseguros, pero cuando toman una determinación mueren atados a ella, así sea la causa de la propia muerte. En cuanto los dejas desarrollarse y se sienten a gusto contigo se transforman en el más tierno de los meninos, su dulzura no tiene límites, aunque destetan que se la recuerden en público, por ello no son ni atentos, ni caballerosos, ni mucho menos galantes, eso sería una traición a su autosuficiencia sentimental.
Esta especie se la recomiendo a aquellas mujeres que vienen de relaciones largas y monótonas, luego de un par de meses con uno de estos gatos...¡te sentirás la dueña del mundo!.
De otro lado, están los Halcones, una especie muy rara, exótica diría yo, pero posible, muy posible... Este tipo de hombres son de aquellos que gracias a su posición intelectual y económica vuelan muy alto, muy, muy alto, no son audaces, sencillamente las alturas son su medio natural, observan todo desde arriba, casi como dioses, son de ese tipo de hombres que cuando los conoces, en la primera conversación parece que te leyeran el pensamiento.
Son de mente rápida, observadores, poco cautelosos –gracias a su seguridad-, son personajes que poco o nada se fijan en la moda ó el estilo, saben que sin necesidad de estos artilugios pueden llegar a ser protagonistas en cualquier episodio de quienes pisan todavía la tierra.
Ante todo inteligentes, no sienten miedo de confesar que una mujer les gusta, de hecho se desparpajan en hacerlo, pero siempre muy a su estilo, detestan los medios convencionales y se horrorizan ante la sola posibilidad de comportarse como un ser común y corriente.
Lo peor que les puedes hacer es obligarlos a vivir la cotidianidad, estos hombres jamás te acompañarán al súper ó a un banco y nuncan irán a una fiesta donde no sean los protagonistas, sin embargo, si lo que quieres es vivir un cuento de hadas, nadie mejor que un halcón para hacerlo realidad: ellos saben lo que quieres antes que lo pienses y son capaces de absolutamente cualquier cosa para que tus sueños se hagan realidad.
A pesar de que adoran volar, son fieles y se enamoran de verdad, no son para vivir aventuras, por eso se demoran en escoger la mujer que les interesa, planean sobre su vida mucho rato antes de demostrar su presencia, sobre todo porque prefieren la inocencia antes que cualquier cosa... y eso es difícil.. difícil de encontrar.
Finalmente me referiré a las liebres, una especie recientemente descubierta que es bastante curiosa, aunque para mi sorpresa bastante común en nuestras latitudes, el hombre liebre, es un hombre ante todo calculador y rápido en sus movimientos, es una persona que no se permite las tintas medias, ni los tal vez, el se anda con pies de plomo.
Pone reglas y límites de ante mano, es claro, sobre protector y muy paternalista, con èl las ambigüedades no pueden existir, es explosivo y se exacerba de un momento a otro para bien ó para mal...
Guarda dentro de si la ternura del conejito asustado que realmente es, deposita en su corazón un sin fin de valores y sentimientos nobles que gusta de ocultar, por considerarlos factores de riesgo, pero con astucia una mujer puede llegar a disfrutarlos a plenitud.
Son hombres que pueden transformarse ante tus ojos de un extremo a otro, pasar de ser un témpano a una llamarada, así sin intermedios, tienen excelente memoria y aunque no son tan creativos como los gatos, están siempre dispuestos a aprender.
He descubierto que esta especie es fabulosa para mujeres pacientes, que estén dispuestas a que la vida las sorprenda día a día, mujeres que gustan de sentirse protegidas y amadas, aquellas que desean un respaldo, una guía y ante todo mucho calor humano.
Hombres para tener al lado durante mucho tiempo, pues conocerlos y disfrutarlos es una tarea larga y dispendiosa.
Y así tras esta pequeña mirada a este género tan particular, me sigo vanagloriando de mi condición femenina y de la delicia de que cada hombre sea diferente del otro... ¡como pollos, gatos, halcones y liebres!; a la espera por supuesto de que como en toda la naturaleza, la vida sorprenda a cada mujer con una nueva especie, porque como les dije... ¡en la variedad está el placer!.
Mapyrosa
Octubre 16 de 2006
Álvaro Barrios: ¡Listo para Soñar!
Tras varias décadas de carrera este Artista Plástico Costeño, sigue demostrando con sus actividades porque aún hoy, su vida y obra sigue siendo motivo de revuelo y reconocimiento a nivel nacional e internacional.
Casi parece que pudiéramos escuchar a Estercita Forero haciendo de la suyas para cantar cual Lisa Minelli, New York, New york. Una escena ecléctica, casi inimaginable, descabellada si se quiere, que quizá solo cabría en la cabeza de alguien en Barranquilla: Álvaro Barrios.
Reconocido maestro de las artes plásticas Colombianas, actual curador del Museo de Arte Moderno de Barranquilla, más allá de cualquier calificativo, un hombre que se ha dado a la difícil tarea de soñar y hacer sus sueños realidad.
De una u otra manera y aún visto desde los escenarios mágicos que sus obras reflejan, entre instalaciones, collages y comics – como atestiguan catálogos que datan desde 1966 -. Álvaro Barrios encierra un mundo de ensoñación donde Dante Alighieri y los Beatles han podido convivir sin problemas, en el que lo aparentemente cotidiano de una galleta can-can puede trasportar la mente a episodios conocidos, insospechadamente renovados en la mano del autor, como ocurre con obras como: las bodas de Caná, el paso por el mar rojo, entre otras; parte de la selección denominada “Historias Sagradas contados otra vez”.
No en vano se identifica con el eclecticismo newyorkino, al mismo tiempo que rememora con nostalgia las épocas del viejo barrio El Prado -cuando las flores no se pedían por teléfono y simplemente se arrancaban del jardín-; considerando a Barranquilla la tierra madre de su creación, donde reside desde los siete meses de edad luego de que por azar abriera los ojos el 27 de Octubre de 1946 en la vecina Cartagena de Indias. Un hecho que es hoy por hoy un mero accidente de este orgulloso barranquillero “Me gusta vivir en esta mi Barranquilla, donde nadie me ha impuesto condiciones y en donde todo lo que he soñado dormido y despierto ha quedado en mi obra”.
Hablar de un artista es hacer referencia a su trabajo, sobre todo como cuando en el caso del maestro Barrios nos introducimos en más de 30 años de carrera, teniendo como prima referencia la distinción que recibió con tan solo 20 años de edad: el segundo lugar del salón Dante Aliguieri, organizado por la embajada de Italia. Un collage donde sus manos comenzaron a perfilarse como lo que ese mismo año Gonzalo Arango describiría con las siguientes palabras: “Barrios con su aventura estética ha venido a turbar las viejas verdades del arte; a pintar la realidad con un realismo mágico, penetrando las apariencias hasta descubrir el secreto de la nueva belleza”.
Cursó durante tres años la carrera de arquitectura en la Universidad del Atlántico, para más tarde culminar sus estudios de historia del arte en la universidad de Perugia (Italia) y la Fundación Giorgio Cini de Venecia, lejos ya del pizarrón Lasallista donde dibujaba vírgenes durante todo el mes de Mayo, en los tiempos en que recreaba la Plaza de San Pedro guiado por su mente y un par de postales que llegaron a sus manos, cuando aún tan impetuoso impulso no se había encontrado con la decepción de una plaza más pequeña y menos pretenciosa que aquella que había dibujado a surcadas y con un papa volador su imaginación.
Venecia, un lugar que junto a Nueva York y Marcel Duchamp han tenido influencia en su vida y en su obra, de manera tan importante como lo fueron sus trabajos alrededor de este artista al inicio de la década de los 80, con ideas como recrear un museo de arte malo, textualmente: “El Museo de Duchamp de arte malo”.
Un consagrado investigador y experimentador de las artes, Álvaro Barrios entrega en sus obras parte de si mismo; en ellas su pasión infantil por los comics, pasando por su habilidad para el dibujo hasta la extrema delicadeza de sus más dispendiosas instalaciones. Obras evocadoras de su propio mundo, de esos “Barrios” mentales donde se desencadenan mágicamente las historias que cuenta su trabajo, una labor adelantada a su tiempo, postmoderna desde su inicio hasta la fecha, como cuando en 1980 se transformó en Rrose Sélavy, una mujer de la cual se disfrazaba –como imagen alternativa de sí mismo- Marcel Duchamp en 1920.
Pionero del fotograbado como arte popular en la costa – publicándolos a página entera en el Diario del Caribe y El Espectador -, da muestras de su imperiosa necesidad de romper paradigmas y entregárselos transformados en obras de arte al público. Un público que para 1974 lo viò al lado de sus entrañables amigos Ricardo González Ripoll y Guillermo Marín Visbal, como galerista en la que se llamó Barrios galería de arte, en el edificio Vallclair en la calle 72 entre carreras 56 y 57 en la ciudad de Barranquilla.
Barrios se sigue reinventando hoy por hoy por medio de su oficio y su incansable exploración; pues como ya lo decía en 1969: “..espero no estar nunca completamente satisfecho con mi obra porque eso equivaldría a anquilosarme.”. Una insatisfacción que lo ha mantenido y lo mantiene.... ¡listo para soñar!.
Casi parece que pudiéramos escuchar a Estercita Forero haciendo de la suyas para cantar cual Lisa Minelli, New York, New york. Una escena ecléctica, casi inimaginable, descabellada si se quiere, que quizá solo cabría en la cabeza de alguien en Barranquilla: Álvaro Barrios.
Reconocido maestro de las artes plásticas Colombianas, actual curador del Museo de Arte Moderno de Barranquilla, más allá de cualquier calificativo, un hombre que se ha dado a la difícil tarea de soñar y hacer sus sueños realidad.
De una u otra manera y aún visto desde los escenarios mágicos que sus obras reflejan, entre instalaciones, collages y comics – como atestiguan catálogos que datan desde 1966 -. Álvaro Barrios encierra un mundo de ensoñación donde Dante Alighieri y los Beatles han podido convivir sin problemas, en el que lo aparentemente cotidiano de una galleta can-can puede trasportar la mente a episodios conocidos, insospechadamente renovados en la mano del autor, como ocurre con obras como: las bodas de Caná, el paso por el mar rojo, entre otras; parte de la selección denominada “Historias Sagradas contados otra vez”.
No en vano se identifica con el eclecticismo newyorkino, al mismo tiempo que rememora con nostalgia las épocas del viejo barrio El Prado -cuando las flores no se pedían por teléfono y simplemente se arrancaban del jardín-; considerando a Barranquilla la tierra madre de su creación, donde reside desde los siete meses de edad luego de que por azar abriera los ojos el 27 de Octubre de 1946 en la vecina Cartagena de Indias. Un hecho que es hoy por hoy un mero accidente de este orgulloso barranquillero “Me gusta vivir en esta mi Barranquilla, donde nadie me ha impuesto condiciones y en donde todo lo que he soñado dormido y despierto ha quedado en mi obra”.
Hablar de un artista es hacer referencia a su trabajo, sobre todo como cuando en el caso del maestro Barrios nos introducimos en más de 30 años de carrera, teniendo como prima referencia la distinción que recibió con tan solo 20 años de edad: el segundo lugar del salón Dante Aliguieri, organizado por la embajada de Italia. Un collage donde sus manos comenzaron a perfilarse como lo que ese mismo año Gonzalo Arango describiría con las siguientes palabras: “Barrios con su aventura estética ha venido a turbar las viejas verdades del arte; a pintar la realidad con un realismo mágico, penetrando las apariencias hasta descubrir el secreto de la nueva belleza”.
Cursó durante tres años la carrera de arquitectura en la Universidad del Atlántico, para más tarde culminar sus estudios de historia del arte en la universidad de Perugia (Italia) y la Fundación Giorgio Cini de Venecia, lejos ya del pizarrón Lasallista donde dibujaba vírgenes durante todo el mes de Mayo, en los tiempos en que recreaba la Plaza de San Pedro guiado por su mente y un par de postales que llegaron a sus manos, cuando aún tan impetuoso impulso no se había encontrado con la decepción de una plaza más pequeña y menos pretenciosa que aquella que había dibujado a surcadas y con un papa volador su imaginación.
Venecia, un lugar que junto a Nueva York y Marcel Duchamp han tenido influencia en su vida y en su obra, de manera tan importante como lo fueron sus trabajos alrededor de este artista al inicio de la década de los 80, con ideas como recrear un museo de arte malo, textualmente: “El Museo de Duchamp de arte malo”.
Un consagrado investigador y experimentador de las artes, Álvaro Barrios entrega en sus obras parte de si mismo; en ellas su pasión infantil por los comics, pasando por su habilidad para el dibujo hasta la extrema delicadeza de sus más dispendiosas instalaciones. Obras evocadoras de su propio mundo, de esos “Barrios” mentales donde se desencadenan mágicamente las historias que cuenta su trabajo, una labor adelantada a su tiempo, postmoderna desde su inicio hasta la fecha, como cuando en 1980 se transformó en Rrose Sélavy, una mujer de la cual se disfrazaba –como imagen alternativa de sí mismo- Marcel Duchamp en 1920.
Pionero del fotograbado como arte popular en la costa – publicándolos a página entera en el Diario del Caribe y El Espectador -, da muestras de su imperiosa necesidad de romper paradigmas y entregárselos transformados en obras de arte al público. Un público que para 1974 lo viò al lado de sus entrañables amigos Ricardo González Ripoll y Guillermo Marín Visbal, como galerista en la que se llamó Barrios galería de arte, en el edificio Vallclair en la calle 72 entre carreras 56 y 57 en la ciudad de Barranquilla.
Barrios se sigue reinventando hoy por hoy por medio de su oficio y su incansable exploración; pues como ya lo decía en 1969: “..espero no estar nunca completamente satisfecho con mi obra porque eso equivaldría a anquilosarme.”. Una insatisfacción que lo ha mantenido y lo mantiene.... ¡listo para soñar!.
¡DIOS MIO, HAZME NEGRA POR FAVOR!
Crònica de un trauma ancestral de burguesa mediocre, exacerbado en las notas de una cumbia colombiana, por mi muy mal bailada.
Lo recuerdo perfectamente, casi como si estuviera pasando en este mismo instante, su mirada fue despectiva, parecía casi que de mi inocente boquita de niña hubiese salido una propuesta indecente, una blasfemia, su respuesta fue lapidaria, cortante y decidida cuando me dijo: ¡El sol es para los negros!.
Ciertamente han pasado varios años desde aquel día en el que recién llegada a Cartagena osé proponerle a una niña “bien” cartagenera, que tomáramos el sol en un día de domingo, años que no han sido suficientes para superar ese trauma de llegar a pensar que un ser humano cualquiera trate con desprecio la tez negra.
Y es que muy “apartei”, de un pregón anti-racista, la razón de todo este alboroto es que he sido brutalmente asaltada en mi ego y mi pasión, por el contoneo de unas caderas engastadas en flamante figura de ébano que no pudo más que despertar mi cobarde envidia.
Y es que es muy fregado uno y que tratando de bailar cumbia, siguiéndole el paso a esa espiga de bronce, inventando lo que ya hace rato está inventado en esos movimientos suaves que parecen pan comido en la maneras de esta mujer mal llamada “de color”.
De color yo, que después de unos minutos de baile ya estaba roja del agite, verde de la envidia y amarilla de la emoción de tener ante mis ojos y que como profesora un bambolear de caderas de deliciosa manufactura, era casi como si adentro del cuerpo ella llevara el tuntún de la tambora y el cuchicheo de un maracón, vivo como la llama de mi conmoción al verme a mi -fiel representante de una burguesía mediocre-, rogando al cielo dos poquitos de colorcito que me dieran por favor aunque sea un octavo del ritmo de ésta mujer que a diferencia mía permanecía impávida como flotando entre las notas de una pollera colora y lo peor de todo: de un solito color.
Pasaban los minutos y entre el estandarte que es mi cintura y mi extraviada coordinación me di gusto entre las baldosas cada vez que la sencillez de esta mujer, trataba de revelarme sus secretos desbaratando el pase aquel con que envolvía la escena en un halo inconsciente de belleza y candidez, y es que bastaron solo un par de minutos para que mi imaginaciòn la lograra envolver en gasas blancas de pollera de baile, dibujando con los gestos de sus manos, interminables surcos de colores que adornaban su tez, negra, de sedosa textura y firmeza de hierro y cincel, torneada como por alfarero de buen taller.
¿y donde estaban en ellas las marcas de mi desnudez?, ¿y en que lugar se posarían las arrugas que me esperan al atardecer?, ¿y en que hendidura suya caben las manchas de mi piel?, ¿dónde están esas escamas horribles que nos terminan saliendo en donde peor se ven?, en ninguna parte, no existen, en ella no existen esos temores, su piel los esconde, los mimetiza, para que la perfección sea su única condena, su único destino.
Pasaron los minutos y sonriente como quien ha hecho un favor a un buen amigo, huye al acabar la canción, sin permitirme el pago de sus servicios, pues ella ve como un juego, una pasión lo que a mi casi me cuesta un costal de energìa y dos arrobas de razòn... Dì dos pasos, caí rendida, aprendí a medias, pero quede cansada como si hubiera bailado dos fandangos y son son, con espacio solo para un ultimo aliento con el que poder gritar al cielo en plena devoción: ¡DIOS MIO, HAZME NEGRA POR FAVOR!
Mapyrosa
Octubre 17 de 2005
Tuesday, October 11, 2005
Jaime Abello y el sino del poder intelectual.
Director de la Fundación Nuevo Periodismo, mano derecha de Gabriel García Márquez, representante en el Caribe colombiano de la Comisión Nacional de Televisión, un hombre costeño que debate su vida en un permanente quehacer intelectual entre Barranquilla, Cartagena, Bogotá y México, .
“El poder es un peligro” aseguró con mirada rápida, como recordando a un viejo amigo. Una sonrisa infantil y un ademán de observador atento terminan de dibujar la escena. Hasta ese momento cada cosa en este encuentro parecía dictada por la racionalidad... hasta que la sensibilidad perfumó el ambiente, comenzó a desbordarse a hurtadillas entre la apariencia pulcra y elegante, la piel de sueños realizados y las manos inquietas de cosas por hacer. Su persistencia fue por segundos inquietante hasta que la risa rompió su curso, un comentario desparpajado, ¡maravilla, un apunte gracioso!.. Abello salió airoso otra vez.
Conocerlo, un arte difícil en medio de sus exquisitas faenas como diestro prestidigitador de palabras. Su olfato detecta con soltura la presencia de la más mínima intención de penetrar su interior. Maneja con exactitud científica la medida de sus expresiones para dar a su interlocutor la dosis exacta de sí mismo, protegiéndose, al mismo tiempo que pareciera no escatimar recurso alguno para resultar agradable a la compañía.
Señalado y ensalzado en el snobismo de los círculos intelectuales colombianos, Jaime Abello Banfi se transparenta ante la mirada desprevenida, más allá de los mitos y pretextos que se tejen alrededor de sus labores como director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, colaborador de Gabriel García Márquez, designado por la Comisión Nacional de Televisión para salvar a Telecaribe, entre otras varias actividades, donde nunca ha dejado de ser protagónica la misión que realmente importa a su existencia: esa que lo trasnochaba aún siendo un colegial entre lecturas variadas, esa que lo mantiene a la expectativa, la misma que lo llevó a cofundar Telecaribe, la que muy seguramente ojeará esta noche antes de dormir: su carrera intelectual.
Mordaz y sagaz a sus anchas, protegido por el conocimiento diestro del lenguaje y sus trucos semánticos, expectante silencioso, observador cauteloso; uno de esos seres que maneja perfectamente el arte de caminar con pies de plomo.
Dicharachero social, buen anfitrión y hasta parrandero, un hombre que puede reinventarse a la luz de un fandango ó de una obertura, consciente de los múltiples círculos que le exigen. Personas que solo pueden vanagloriarse de algo: desconocerlo, pues si hay algo que sepa hacer Abello es resguardar su intimidad ahí, en el rincón con el ícono, en el fondo, justo al lado de la cómoda colonial, entre su soledad personal y la brisa fresca que desde el balcón hace más de 15 años invade su corazón.
Ternuras, un par de sacos llenos que se refugian al lado de su hígado, dos órganos adicionales que posee su cuerpo, ese par de antorchas que dejan salir sus chispas cuando la pasión y la euforia lo permiten, cuando la adrenalina logra persuadir a su razón.
¿Odiado?, ¿amado?, ¿admirado?, ¿rechazado?; eso parece ser lo de menos, como todo aquel sentimiento reflejo de su posición; esas actividades diarias en las que compromete todo su ser, tocando los límites del arrojo, rompiendo casi el barranco hacia el delirio, una pasión que se escurre entre quienes lo conocen más allá del rumor: “Yo no entiendo como le alcanza el tiempo”, “¿cómo hace para estar en todas partes al mismo tiempo?”, afirmaciones e interrogantes que aún no encuentran respuesta entre Buenos Aires, Caracas, Puerto Rico, México, Barranquilla y Cartagena, entre miles y una ocupación.
Disfrazado en plenos carnavales, en la tensión de una junta directiva, como jurado, personaje, hay siempre en su semblante una pincelada de certeza y decisión, como si nada pudiera ser capaz de derribar ese ámbar que lo torna convincente ante el interlocutor, una característica acunada día con día en los brazos de la lectura, las tertulias intelectuales-furtivas y toda la información que converge hacia él, a veces por gratuidad.
Consciente de sus habilidades, tanto como esmero le ha costado cultivarlas, construye su vida diariamente en pleno uso de sus facultades, como hombre que recoge frutos de su jornal. Aparece relajado en lo cotidiano, aunque la fortaleza de carácter sea lo más parecido a un vendaval, estudia la realidad en el día a día, incapaz siempre de dejarse ganar la carrera por el tiempo y su globalización, enamorado de su actividad desde el hígado hasta la razón.
Lleva en el pecho una insignia, la carga con estilo y convicción, no la ostenta tampoco la esconde, no es ya una gala, es identidad, una lograda condición, la misma peligrosa condecoración que América Latina le entrega a los intelectuales productivos, los que hacen uso de sus habilidades, participan, cortan una rebanada de la torta de la acción, aquellos que interrumpen de vez en vez las columnas de los diarios, esos sobre los hombros de los cuales echamos las críticas cada vez que no encontramos razón para justificar que seamos -nosotros los del común-, una masa impávida sin ganas de aportar, eso que levanta la cabeza de Abello cada mañana, que lo sube y baja de los aviones, que lo somete a debatir la problemática política y cultural, eso que lo ha marcado con El Sino del Poder Intelectual.
Por:
MAPYROSA
“El poder es un peligro” aseguró con mirada rápida, como recordando a un viejo amigo. Una sonrisa infantil y un ademán de observador atento terminan de dibujar la escena. Hasta ese momento cada cosa en este encuentro parecía dictada por la racionalidad... hasta que la sensibilidad perfumó el ambiente, comenzó a desbordarse a hurtadillas entre la apariencia pulcra y elegante, la piel de sueños realizados y las manos inquietas de cosas por hacer. Su persistencia fue por segundos inquietante hasta que la risa rompió su curso, un comentario desparpajado, ¡maravilla, un apunte gracioso!.. Abello salió airoso otra vez.
Conocerlo, un arte difícil en medio de sus exquisitas faenas como diestro prestidigitador de palabras. Su olfato detecta con soltura la presencia de la más mínima intención de penetrar su interior. Maneja con exactitud científica la medida de sus expresiones para dar a su interlocutor la dosis exacta de sí mismo, protegiéndose, al mismo tiempo que pareciera no escatimar recurso alguno para resultar agradable a la compañía.
Señalado y ensalzado en el snobismo de los círculos intelectuales colombianos, Jaime Abello Banfi se transparenta ante la mirada desprevenida, más allá de los mitos y pretextos que se tejen alrededor de sus labores como director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, colaborador de Gabriel García Márquez, designado por la Comisión Nacional de Televisión para salvar a Telecaribe, entre otras varias actividades, donde nunca ha dejado de ser protagónica la misión que realmente importa a su existencia: esa que lo trasnochaba aún siendo un colegial entre lecturas variadas, esa que lo mantiene a la expectativa, la misma que lo llevó a cofundar Telecaribe, la que muy seguramente ojeará esta noche antes de dormir: su carrera intelectual.
Mordaz y sagaz a sus anchas, protegido por el conocimiento diestro del lenguaje y sus trucos semánticos, expectante silencioso, observador cauteloso; uno de esos seres que maneja perfectamente el arte de caminar con pies de plomo.
Dicharachero social, buen anfitrión y hasta parrandero, un hombre que puede reinventarse a la luz de un fandango ó de una obertura, consciente de los múltiples círculos que le exigen. Personas que solo pueden vanagloriarse de algo: desconocerlo, pues si hay algo que sepa hacer Abello es resguardar su intimidad ahí, en el rincón con el ícono, en el fondo, justo al lado de la cómoda colonial, entre su soledad personal y la brisa fresca que desde el balcón hace más de 15 años invade su corazón.
Ternuras, un par de sacos llenos que se refugian al lado de su hígado, dos órganos adicionales que posee su cuerpo, ese par de antorchas que dejan salir sus chispas cuando la pasión y la euforia lo permiten, cuando la adrenalina logra persuadir a su razón.
¿Odiado?, ¿amado?, ¿admirado?, ¿rechazado?; eso parece ser lo de menos, como todo aquel sentimiento reflejo de su posición; esas actividades diarias en las que compromete todo su ser, tocando los límites del arrojo, rompiendo casi el barranco hacia el delirio, una pasión que se escurre entre quienes lo conocen más allá del rumor: “Yo no entiendo como le alcanza el tiempo”, “¿cómo hace para estar en todas partes al mismo tiempo?”, afirmaciones e interrogantes que aún no encuentran respuesta entre Buenos Aires, Caracas, Puerto Rico, México, Barranquilla y Cartagena, entre miles y una ocupación.
Disfrazado en plenos carnavales, en la tensión de una junta directiva, como jurado, personaje, hay siempre en su semblante una pincelada de certeza y decisión, como si nada pudiera ser capaz de derribar ese ámbar que lo torna convincente ante el interlocutor, una característica acunada día con día en los brazos de la lectura, las tertulias intelectuales-furtivas y toda la información que converge hacia él, a veces por gratuidad.
Consciente de sus habilidades, tanto como esmero le ha costado cultivarlas, construye su vida diariamente en pleno uso de sus facultades, como hombre que recoge frutos de su jornal. Aparece relajado en lo cotidiano, aunque la fortaleza de carácter sea lo más parecido a un vendaval, estudia la realidad en el día a día, incapaz siempre de dejarse ganar la carrera por el tiempo y su globalización, enamorado de su actividad desde el hígado hasta la razón.
Lleva en el pecho una insignia, la carga con estilo y convicción, no la ostenta tampoco la esconde, no es ya una gala, es identidad, una lograda condición, la misma peligrosa condecoración que América Latina le entrega a los intelectuales productivos, los que hacen uso de sus habilidades, participan, cortan una rebanada de la torta de la acción, aquellos que interrumpen de vez en vez las columnas de los diarios, esos sobre los hombros de los cuales echamos las críticas cada vez que no encontramos razón para justificar que seamos -nosotros los del común-, una masa impávida sin ganas de aportar, eso que levanta la cabeza de Abello cada mañana, que lo sube y baja de los aviones, que lo somete a debatir la problemática política y cultural, eso que lo ha marcado con El Sino del Poder Intelectual.
Por:
MAPYROSA
FABIOLA MORERA CARVAJAL Veintitantos sorprendiendo en Colombia, hoy sorprendida por la vida.
Crónica no autorizada del evento mas trascendental en la vida de una de las Relacionistas Publicas mas importantes del país, luego de mas de 25 años de carrera.
Por: MAPYROSA
Altiva, intentando ocultar el temblor de sus manos en la conversación al ritmo del dry Martini –que los años le enseñaron a tomar-, mientras la mirada se le deshace en destellos, la emoción le brota por los poros a borbotones, con la audacia y la fuerza de ese primer día, de esa primera vez, con una sola diferencia: han pasado veintitantos.
La memoria parece albergar y clasificar perfectamente cada rueda de prensa, cada evento, cada idea, cada personaje como si el tiempo pudiera regresar a su antojo y presentarle a uno cada anécdota más allá de la vividez de su voz, hacia el instante en el que la experiencias de otros logran erizar la piel.
Leather Show, Colombiamoda, Expoartesanías, por nombrar unas ferias, Ford, Sonolux, IBM, Colgate Palmolive, Jolie de Vogue, Alquería, Gas Natural, por nombrar un par de marcas, Juanes, Julio Iglesias, Carlos Vives, Andrés Cepeda y Bill Clinton, por mencionar algunos personajes. Esos que como sus clientes, sus invitados, su objetivo subsisten en la historia de una empresa, reunidos en un solo nombre, ese mismo que hace eco, aun en este instante cuando la experiencia no es suficiente para evitar el nerviosismo.
Fabiola Morera Carvajal, periodista, relacionista publica, asesora de imagen, una mujer que tras de mas de dos décadas de carrera, de haber sido pionera en mas de un ritual, se ha acostumbrado a la novedad como su forma de vida, donde la sorpresa es un estado ideal, y las ideas atrevidas la forma perfecta de trabajar. Sin embargo, habìa solo un evento para el que definitivamente no estaba preparada, eso que sucedió antes de lo previsto, aquello para lo que no bastan los dìas, las noches que han pasado desde aquel primer día al lado de Mario Hernández como jefe de prensa del Leather Show, aquella primera vez que envió un artículo como corresponsal de Vanidades en Colombia, aquel primer recibimiento de Mis Universo; en fin una circunstancia que su estado de alerta a la novedad casi no logra digerir.
Si, hoy veintitantos para Fabiola parecen muy pocos para digerir este evento, ese que involucra su proyecto mas importante, aquel en el que invirtió gran parte de sus dìas y noches, ese que lo es todo dentro de si, ese que parece estar listo para volar con alas propias, al mismo tiempo que celebra los 25 años de Fabiola Morera Comunicaciones.
Hace solo un par de días celebraba el cuarto de siglo que cumplía su empresa, con la satisfacción del deber cumplido, mientras secretamente le tranquilizaba la idea de que a fuerza de sorprender durante mas de dos décadas, podía decirse que era casi inmune a las cosas extrañas que a veces suceden en la vida, parecía que luego de tantas y tantas historias, el alma tuviera callo y cualquier cosa resultaría fácil de manejar, sin embargo, cuando aun no habìa terminado de acariciar esta idea apacible, estuvo al frente de quien en 5 palabras revoluciono su vida como hace veintitantos, pidiendo en tono innegable su complicidad en un evento inolvidable.
Miles de ideas llegaron a su cabeza, muchas opciones se le ocurrieron, un sin fin de emociones empezaron a llenarle el cuerpo, como hace veintitantos que asumió el compromiso de sorprender, un compromiso que la vida parecía asumir hoy hacia ella, asaltándola en su mas intima esencia, en su obra maestra, el tesoro de su vida.
Y así asaltada por la ansiedad y las ideas, llena de expectativas, espera los resultados del evento: ese que en estos instantes la hace sudar con un Martini en la mano cuando parece que los veintitantos en todo no fuesen suficientes, cuando sus influencias con los hoteleros fotógrafos, periodistas, presidentes, modelos y artistas parecen escasos, cuando la gran idea le aparece demasiado normal para su objetivo, cuando nada resulta verdaderamente perfecto, porque a unos cuantos metros en Cartagena, un joven que se ha ganado su respecto y afecto, -con su complicidad- va a sorprender a su hija con una propuesta de matrimonio.
Pasan un par de minutos y luego de explorar todas las posibilidades para intentar saber que pasa en el restauran donde esta su corazón pero no su cuerpo, suena el teléfono, es la voz de su hija emocionada, el tono de su voz lo dice todo: Fabiola Morera le demostró a la vida que quedan muchas fuerzas e inventiva para sorprenderla incluso, a ella misma.
Por: MAPYROSA
Altiva, intentando ocultar el temblor de sus manos en la conversación al ritmo del dry Martini –que los años le enseñaron a tomar-, mientras la mirada se le deshace en destellos, la emoción le brota por los poros a borbotones, con la audacia y la fuerza de ese primer día, de esa primera vez, con una sola diferencia: han pasado veintitantos.
La memoria parece albergar y clasificar perfectamente cada rueda de prensa, cada evento, cada idea, cada personaje como si el tiempo pudiera regresar a su antojo y presentarle a uno cada anécdota más allá de la vividez de su voz, hacia el instante en el que la experiencias de otros logran erizar la piel.
Leather Show, Colombiamoda, Expoartesanías, por nombrar unas ferias, Ford, Sonolux, IBM, Colgate Palmolive, Jolie de Vogue, Alquería, Gas Natural, por nombrar un par de marcas, Juanes, Julio Iglesias, Carlos Vives, Andrés Cepeda y Bill Clinton, por mencionar algunos personajes. Esos que como sus clientes, sus invitados, su objetivo subsisten en la historia de una empresa, reunidos en un solo nombre, ese mismo que hace eco, aun en este instante cuando la experiencia no es suficiente para evitar el nerviosismo.
Fabiola Morera Carvajal, periodista, relacionista publica, asesora de imagen, una mujer que tras de mas de dos décadas de carrera, de haber sido pionera en mas de un ritual, se ha acostumbrado a la novedad como su forma de vida, donde la sorpresa es un estado ideal, y las ideas atrevidas la forma perfecta de trabajar. Sin embargo, habìa solo un evento para el que definitivamente no estaba preparada, eso que sucedió antes de lo previsto, aquello para lo que no bastan los dìas, las noches que han pasado desde aquel primer día al lado de Mario Hernández como jefe de prensa del Leather Show, aquella primera vez que envió un artículo como corresponsal de Vanidades en Colombia, aquel primer recibimiento de Mis Universo; en fin una circunstancia que su estado de alerta a la novedad casi no logra digerir.
Si, hoy veintitantos para Fabiola parecen muy pocos para digerir este evento, ese que involucra su proyecto mas importante, aquel en el que invirtió gran parte de sus dìas y noches, ese que lo es todo dentro de si, ese que parece estar listo para volar con alas propias, al mismo tiempo que celebra los 25 años de Fabiola Morera Comunicaciones.
Hace solo un par de días celebraba el cuarto de siglo que cumplía su empresa, con la satisfacción del deber cumplido, mientras secretamente le tranquilizaba la idea de que a fuerza de sorprender durante mas de dos décadas, podía decirse que era casi inmune a las cosas extrañas que a veces suceden en la vida, parecía que luego de tantas y tantas historias, el alma tuviera callo y cualquier cosa resultaría fácil de manejar, sin embargo, cuando aun no habìa terminado de acariciar esta idea apacible, estuvo al frente de quien en 5 palabras revoluciono su vida como hace veintitantos, pidiendo en tono innegable su complicidad en un evento inolvidable.
Miles de ideas llegaron a su cabeza, muchas opciones se le ocurrieron, un sin fin de emociones empezaron a llenarle el cuerpo, como hace veintitantos que asumió el compromiso de sorprender, un compromiso que la vida parecía asumir hoy hacia ella, asaltándola en su mas intima esencia, en su obra maestra, el tesoro de su vida.
Y así asaltada por la ansiedad y las ideas, llena de expectativas, espera los resultados del evento: ese que en estos instantes la hace sudar con un Martini en la mano cuando parece que los veintitantos en todo no fuesen suficientes, cuando sus influencias con los hoteleros fotógrafos, periodistas, presidentes, modelos y artistas parecen escasos, cuando la gran idea le aparece demasiado normal para su objetivo, cuando nada resulta verdaderamente perfecto, porque a unos cuantos metros en Cartagena, un joven que se ha ganado su respecto y afecto, -con su complicidad- va a sorprender a su hija con una propuesta de matrimonio.
Pasan un par de minutos y luego de explorar todas las posibilidades para intentar saber que pasa en el restauran donde esta su corazón pero no su cuerpo, suena el teléfono, es la voz de su hija emocionada, el tono de su voz lo dice todo: Fabiola Morera le demostró a la vida que quedan muchas fuerzas e inventiva para sorprenderla incluso, a ella misma.
Camilo Calderón y sus sospechas femeninas
Revelaciones no autorizadas de la mirada de un artista a sus mujeres.
Tras varios años de mirar, estudiar y admirar la obra del maestro Camilo Calderón, regresé al amplio taller con la expectativa de la novedad prendida en los ojos, con la intención clara de robarme los secretos de su nueva obra y me estrellé con aquello que con cara de secreto hoy se abre en su más reciente trabajo: su devoción por lo femenino, eso que el mismo cataloga como “SUS SOSPECHAS FEMENINAS”.
Luego de varias décadas de trabajo como artista plástico, tras introducirnos en las profundidades del mar, el juego de los vientos y la realidad inexplorada de nuestros territorios, Calderón nos habla hoy de la pintura con una tranquilidad casi meditativa, ese quehacer mitificado por el común de las personas que el define y simplifica en una frase: “la pintura, es un oficio que comunica”, una frase que nos abre la puerta a dos mundos: por un lado el de sus obras que hoy se nos enfrentan con ganas de brincar la pared para llevarnos a su mundo y del otro su espíritu didáctico que lo lleva a la disertación explicativa por la que muchos lo conocen en Cartagena de Indias.
Dos caras de un mismo artista, un mismo ser humano, que de pronto rompe la pasividad y se transforma, como lo hace frente a un soporte en blanco, llenándose de una energía descomunal, que se niega a llamar pasión, pero que es lo que más se asemeja a ello, en un segundo la mirada se le abre y las palabras le fluyen en desmande hablando del tema que ahora lo ocupa: lo Femenino, ese tema que envuelto en un taller de psicoanálisis le ha cautivado la atención en mirada supuestamente científica, que es claramente viseral como todo aquel sentimiento, ó pre-sentimiento –como el lo llama-, que se debe a la vida, a la propia historia... como el mismo lo dice “el arte es solo la memoria interpretativa de un instante, de una vivencia” .
¿Cuáles son entonces las vivencias que se esconden en las sospechas femeninas de Camilo Calderón?, esa es una respuesta que queda abierta para que ante la obra cada espectador la responda, es una pregunta que el artista deja abierta dándole la libertad a cada lector de convertirse en su cocreador, para que la obra llegue a consolidarse realmente, pues... “si el artista no logra convertir a la gente en una cocreadora, la obra sencillamente NO EXISTE”. Una aseveración contundente y de severidad impetuosa con su propia creación.
Y es en ese instante cuando se ve uno cautivado frente al lienzo de 1.50 X 1.50, guiado por la gestualidad desgarrante, las formas claramente femeninas, tratando de dilucidar el trasfondo de cada centímetro, para terminar convencido que más allá de la simple observación, de la resolución del interrogante personal, en ese medio de comunicación que finalmente es el arte, se reflejan sentimientos universales, más allá de la vivencia personal hacia eso que de alguna manera compartimos, eso que nos era tan natural reconocer cuando niños, en ese instante en el cual no habíamos perdido la capacidad de sorpresa, esa capacidad que Calderón trata de renovar cada día, en su quehacer, en su forma de vida.
Gestos que se muestran violentos, como si en el proceso, la tela el soporte de la obra hubiese sido fustigada sin compasión, variedad de intervenciones que dejan la marca inequívoca del artista, esta vez nuevamente exacerbado en formas y matices viscerales que después de una larga temporada en los territorios meditativos y tranquilos de la obra inmediatamente anterior, arremete contra nuestras pupilas, con telas furiosas que cobran vida en los sentidos y exigen sin ataduras una mirada atenta.
Esta obra nos recobra a la vista el Camilo Calderón de Mutilados, Atrapa truenos, Nocturnos, obras que mostraban en desmande todo un raudal de sentimientos que invitaban a sensaciones tan diversas como el miedo, la pasión y el desprecio, obras que sin necesidad de largas observaciones removían la presencia del lector, una característica que a partir de territorialidad, pasando por los bordes del viento y llegando al trabajo de Isla de León, parecía transfigurado para invitar a la meditación, a la observación tranquila y silenciosa que requiere de un tiempo para digerirse.
De esta manera Calderón cuenta un secreto a voces, desnuda su mirada hacia sus féminas, diserta sobre sus curvas e intriga sobre sus pensamientos y ansiedades, camina y se adentra en ese mundo que parece embriagarlo, donde finalmente solo tiene una verdadera guía: SUS SOSPECHAS FEMENINAS.
Por:
MAPYROSA
Tras varios años de mirar, estudiar y admirar la obra del maestro Camilo Calderón, regresé al amplio taller con la expectativa de la novedad prendida en los ojos, con la intención clara de robarme los secretos de su nueva obra y me estrellé con aquello que con cara de secreto hoy se abre en su más reciente trabajo: su devoción por lo femenino, eso que el mismo cataloga como “SUS SOSPECHAS FEMENINAS”.
Luego de varias décadas de trabajo como artista plástico, tras introducirnos en las profundidades del mar, el juego de los vientos y la realidad inexplorada de nuestros territorios, Calderón nos habla hoy de la pintura con una tranquilidad casi meditativa, ese quehacer mitificado por el común de las personas que el define y simplifica en una frase: “la pintura, es un oficio que comunica”, una frase que nos abre la puerta a dos mundos: por un lado el de sus obras que hoy se nos enfrentan con ganas de brincar la pared para llevarnos a su mundo y del otro su espíritu didáctico que lo lleva a la disertación explicativa por la que muchos lo conocen en Cartagena de Indias.
Dos caras de un mismo artista, un mismo ser humano, que de pronto rompe la pasividad y se transforma, como lo hace frente a un soporte en blanco, llenándose de una energía descomunal, que se niega a llamar pasión, pero que es lo que más se asemeja a ello, en un segundo la mirada se le abre y las palabras le fluyen en desmande hablando del tema que ahora lo ocupa: lo Femenino, ese tema que envuelto en un taller de psicoanálisis le ha cautivado la atención en mirada supuestamente científica, que es claramente viseral como todo aquel sentimiento, ó pre-sentimiento –como el lo llama-, que se debe a la vida, a la propia historia... como el mismo lo dice “el arte es solo la memoria interpretativa de un instante, de una vivencia” .
¿Cuáles son entonces las vivencias que se esconden en las sospechas femeninas de Camilo Calderón?, esa es una respuesta que queda abierta para que ante la obra cada espectador la responda, es una pregunta que el artista deja abierta dándole la libertad a cada lector de convertirse en su cocreador, para que la obra llegue a consolidarse realmente, pues... “si el artista no logra convertir a la gente en una cocreadora, la obra sencillamente NO EXISTE”. Una aseveración contundente y de severidad impetuosa con su propia creación.
Y es en ese instante cuando se ve uno cautivado frente al lienzo de 1.50 X 1.50, guiado por la gestualidad desgarrante, las formas claramente femeninas, tratando de dilucidar el trasfondo de cada centímetro, para terminar convencido que más allá de la simple observación, de la resolución del interrogante personal, en ese medio de comunicación que finalmente es el arte, se reflejan sentimientos universales, más allá de la vivencia personal hacia eso que de alguna manera compartimos, eso que nos era tan natural reconocer cuando niños, en ese instante en el cual no habíamos perdido la capacidad de sorpresa, esa capacidad que Calderón trata de renovar cada día, en su quehacer, en su forma de vida.
Gestos que se muestran violentos, como si en el proceso, la tela el soporte de la obra hubiese sido fustigada sin compasión, variedad de intervenciones que dejan la marca inequívoca del artista, esta vez nuevamente exacerbado en formas y matices viscerales que después de una larga temporada en los territorios meditativos y tranquilos de la obra inmediatamente anterior, arremete contra nuestras pupilas, con telas furiosas que cobran vida en los sentidos y exigen sin ataduras una mirada atenta.
Esta obra nos recobra a la vista el Camilo Calderón de Mutilados, Atrapa truenos, Nocturnos, obras que mostraban en desmande todo un raudal de sentimientos que invitaban a sensaciones tan diversas como el miedo, la pasión y el desprecio, obras que sin necesidad de largas observaciones removían la presencia del lector, una característica que a partir de territorialidad, pasando por los bordes del viento y llegando al trabajo de Isla de León, parecía transfigurado para invitar a la meditación, a la observación tranquila y silenciosa que requiere de un tiempo para digerirse.
De esta manera Calderón cuenta un secreto a voces, desnuda su mirada hacia sus féminas, diserta sobre sus curvas e intriga sobre sus pensamientos y ansiedades, camina y se adentra en ese mundo que parece embriagarlo, donde finalmente solo tiene una verdadera guía: SUS SOSPECHAS FEMENINAS.
Por:
MAPYROSA
Enrique Grau y sus Cartageneras
“... lo amé mucho ... lo sigo amando... me hace falta... espero que cuando nos encontremos podamos hacer una gran fiesta de disfraces ... prometo ponerme el gorrito de Maria Mulata que me regaló... lo prometo... lo usé el día que partió ... lo usaré el día del encuentro”;
Claudia Fadul
(presidenta de la sociedad de mejoras públicas de Cartagena, una sincelejana de nacimiento, que bien se ha ganado el título de Cartagenera por convicción)
Un contonear de caderas casi musical, bambolea los linos almidonados de la gran señora, sus cabellos perfectamente peinados se resisten a la inclemencia de la brisa. Un par de palomas atestiguan a la distancia su paso presuntuoso, yo me escondo, entre la mirada y los barrotes; en el que bien pudo ser el refugio del artista, en el lugar en donde su espíritu deambula a gusto y con propiedad, el museo de arte moderno de Cartagena.
La Plaza San Pedro Claver, vista desde las entrañas del templo profano, atiborrado de especies plásticas y muros salitrosos.... ¡Qué mejor refugio para espiar a una Cartagenera!....
Cartagenera, mujer altiva por naturaleza y dominante por convicción, irónicamente señora de su señor... De mirada alta y cuello erguido; una fabulosa mezcla entre mulata de palenque y blanca de inquisición; invencible como la primera y barroca como la segunda, fusión indescriptible y embriagante con quizá un solo perfecto reproductor: ENRIQUE GRAU.
Entender, conocer, dejarse envolver hasta las entrañas por la mística de una especie femenina tan particular, es un riesgo que solo podía correr un ser pasional, enamorado de su oficio y de su tierra. Un hombre que tras décadas de ser amado por ellas –sus mujeres-; pudiera robarles un poco de su magia, adivinarles los secretos y arrancarles la intención, para atraparlos en un papel, una tela, un lienzo; expulsando desde sus entrañas -cual deidad- para y por ellas: su creación.
Italia, Bogotá, Incluso New York, le dieron al talento de Grau el mérito del buen oficio, pero Cartagena y de ella, especialmente sus mujeres, le entregaron la magia exquisita que llama a sus cuadros con una delicia coqueta, con el carácter del buen anfitrión, en el que se convierte una buena obra de arte al desplegar su halo mágico en un salón, expulsando como rocío de rosas –en éste caso- su intención a veces abierta y a veces oculta, pero siempre perentoria de cautivar la atención.
Y es que no son pocos los desprevenidos espectadores que han obligado a su cuello a virar hacia e techo del Teatro Heredia Adolfo Mejìa, apelados por las sensuales musas que les guiñen desde su elevada posición, desafiantes y hasta engreídas, como la mujer que representan, esa que es dueña de si misma, que parece atraparlo todo de un tajo, con la suavidad de una sirena y el misterio de una Maria Mulata, mujeres que tienen vida propia solo en dos lugares: la amurallada y la obra de Enrique Grau.
Impetuosa, emprendedora, dura y apasionada en sus juicios, coqueta y barroca en su andar, perfectamente perfumada entre miles de atavíos; el contonear de sus caderas es un maraqueo intenso que se disuelve solo con su hablar, ese vozarrón mulato intimidante, que arrulla niños y manda servidumbre con soltura igual. Pareciere arrancada de las historias de la colonia para seguir gobernando esta ciudad, donde el tiempo parece a veces haberse detenido, para que el espíritu de la gran matrona Cartagenera, con sus maneras de señora criolla, de la orden de servir la merienda a sus amigas, en la tarde de canasta, a las 5 en punto de los jueves, en el patio bajo el palo de mango, con la mantelería bordada y la platería de la abuela.
Ver una de las muchas mujeres en la obra de GRAU, -Rita por ejemplo-, sin haber pisado Cartagena; es abrir la puerta hacia la embriagues en manos de un espíritu impetuoso.. hasta mágico. Es espiar esas miradas altivas e incluso intimidarse ante sus cuellos casi siempre estirados, envueltos en esos entornos teatrales –reflejo de la marcada vocación hacia la escenografía por parte del artista-, que las convierte de pronto en exquisitas actrices de la eterna fiesta Graujiana; donde las protagonistas barrocamente amulatadas, nos muestran las manos masculinas de su creador como invitándonos a su mundo, ese planeta intrigante y fascinador.
Del otro lado, observar una obra femenina de Grau desde Cartagena, es estrellarse con el alma desnuda de sus femes, es enfrentar de un tajo toda la plena naturaleza de la mujer de ésta tierra; la madre, la luchadora, amiga, enemiga y amante, que pisa ese suelo con el poderío innato de llamarse a si misma: ¡Cartagenera!.
Es así, en éste sentido, como se puede hacer una apología entre la obra femenina de Grau y el estilo Garcìamarquiano, bien denominado “realismo mágico”; pues es realismo en la medida que mediante estas obras podemos acceder al contexto –real- que les dio origen, -en éste caso Cartagena-, y mágico porque fuera de ésta tierra envuelven, enajenan en una energía tan exquisita que solo puede ser comparada con la magia. Es entonces cuando descubrimos el mérito inmenso de éste artista: Acopiar el oficio y el talento suficiente para clonar en imagen ésta mujer existente, e impregnarla con una mezcla del espíritu que le es propio al artista y a su musa, superando en ocasiones la presencia misma de su modelo que es una esencia y un estilo: La Cartagenera Real.
Estas líneas se convierten de pronto en una invitación, en una apelación a conocer a sus modelos, las deliciosas mujeres de sus soportes... Esas adoradoras, fieles custodias de las disposiciones y obra del maestro, hoy indispensables para conocer al artista. Seguramente éstas páginas podrían llenarse de muchos nombres, pero quizá solo dos son rotundamente obligatorios: Evelia Porto de Mejìa, matrona Cartagenera por excelencia, retrato graujiano mil veces repetido, una de las más cercanas amigas del artista, líder del proyecto denominado Museo Grau. Yolanda Pupo de Mogollón, directora del Museo de Arte Moderno de Cartagena,-fundado por el pintor-, una mujer que entre éstas paredes resguarda exquisitos ejemplares de su obra y tal vez los más vivos reflejos de su espíritu. Mujeres que gozan y se halagan al verse en los trazos de Enrique Grau como en un espejo, mujeres que reflejan una masa anónima de muchos nombres, que quizá tienen uno solo propiamente suyo, ese que grita Grau desde su estado actual, ese grito que lo hace inmortal, ese que las llama y las atrapa, ese nombre que llevaran con orgullo hasta el sepulcro: CARTAGENERA.
Por
MAPYROSA
Claudia Fadul
(presidenta de la sociedad de mejoras públicas de Cartagena, una sincelejana de nacimiento, que bien se ha ganado el título de Cartagenera por convicción)
Un contonear de caderas casi musical, bambolea los linos almidonados de la gran señora, sus cabellos perfectamente peinados se resisten a la inclemencia de la brisa. Un par de palomas atestiguan a la distancia su paso presuntuoso, yo me escondo, entre la mirada y los barrotes; en el que bien pudo ser el refugio del artista, en el lugar en donde su espíritu deambula a gusto y con propiedad, el museo de arte moderno de Cartagena.
La Plaza San Pedro Claver, vista desde las entrañas del templo profano, atiborrado de especies plásticas y muros salitrosos.... ¡Qué mejor refugio para espiar a una Cartagenera!....
Cartagenera, mujer altiva por naturaleza y dominante por convicción, irónicamente señora de su señor... De mirada alta y cuello erguido; una fabulosa mezcla entre mulata de palenque y blanca de inquisición; invencible como la primera y barroca como la segunda, fusión indescriptible y embriagante con quizá un solo perfecto reproductor: ENRIQUE GRAU.
Entender, conocer, dejarse envolver hasta las entrañas por la mística de una especie femenina tan particular, es un riesgo que solo podía correr un ser pasional, enamorado de su oficio y de su tierra. Un hombre que tras décadas de ser amado por ellas –sus mujeres-; pudiera robarles un poco de su magia, adivinarles los secretos y arrancarles la intención, para atraparlos en un papel, una tela, un lienzo; expulsando desde sus entrañas -cual deidad- para y por ellas: su creación.
Italia, Bogotá, Incluso New York, le dieron al talento de Grau el mérito del buen oficio, pero Cartagena y de ella, especialmente sus mujeres, le entregaron la magia exquisita que llama a sus cuadros con una delicia coqueta, con el carácter del buen anfitrión, en el que se convierte una buena obra de arte al desplegar su halo mágico en un salón, expulsando como rocío de rosas –en éste caso- su intención a veces abierta y a veces oculta, pero siempre perentoria de cautivar la atención.
Y es que no son pocos los desprevenidos espectadores que han obligado a su cuello a virar hacia e techo del Teatro Heredia Adolfo Mejìa, apelados por las sensuales musas que les guiñen desde su elevada posición, desafiantes y hasta engreídas, como la mujer que representan, esa que es dueña de si misma, que parece atraparlo todo de un tajo, con la suavidad de una sirena y el misterio de una Maria Mulata, mujeres que tienen vida propia solo en dos lugares: la amurallada y la obra de Enrique Grau.
Impetuosa, emprendedora, dura y apasionada en sus juicios, coqueta y barroca en su andar, perfectamente perfumada entre miles de atavíos; el contonear de sus caderas es un maraqueo intenso que se disuelve solo con su hablar, ese vozarrón mulato intimidante, que arrulla niños y manda servidumbre con soltura igual. Pareciere arrancada de las historias de la colonia para seguir gobernando esta ciudad, donde el tiempo parece a veces haberse detenido, para que el espíritu de la gran matrona Cartagenera, con sus maneras de señora criolla, de la orden de servir la merienda a sus amigas, en la tarde de canasta, a las 5 en punto de los jueves, en el patio bajo el palo de mango, con la mantelería bordada y la platería de la abuela.
Ver una de las muchas mujeres en la obra de GRAU, -Rita por ejemplo-, sin haber pisado Cartagena; es abrir la puerta hacia la embriagues en manos de un espíritu impetuoso.. hasta mágico. Es espiar esas miradas altivas e incluso intimidarse ante sus cuellos casi siempre estirados, envueltos en esos entornos teatrales –reflejo de la marcada vocación hacia la escenografía por parte del artista-, que las convierte de pronto en exquisitas actrices de la eterna fiesta Graujiana; donde las protagonistas barrocamente amulatadas, nos muestran las manos masculinas de su creador como invitándonos a su mundo, ese planeta intrigante y fascinador.
Del otro lado, observar una obra femenina de Grau desde Cartagena, es estrellarse con el alma desnuda de sus femes, es enfrentar de un tajo toda la plena naturaleza de la mujer de ésta tierra; la madre, la luchadora, amiga, enemiga y amante, que pisa ese suelo con el poderío innato de llamarse a si misma: ¡Cartagenera!.
Es así, en éste sentido, como se puede hacer una apología entre la obra femenina de Grau y el estilo Garcìamarquiano, bien denominado “realismo mágico”; pues es realismo en la medida que mediante estas obras podemos acceder al contexto –real- que les dio origen, -en éste caso Cartagena-, y mágico porque fuera de ésta tierra envuelven, enajenan en una energía tan exquisita que solo puede ser comparada con la magia. Es entonces cuando descubrimos el mérito inmenso de éste artista: Acopiar el oficio y el talento suficiente para clonar en imagen ésta mujer existente, e impregnarla con una mezcla del espíritu que le es propio al artista y a su musa, superando en ocasiones la presencia misma de su modelo que es una esencia y un estilo: La Cartagenera Real.
Estas líneas se convierten de pronto en una invitación, en una apelación a conocer a sus modelos, las deliciosas mujeres de sus soportes... Esas adoradoras, fieles custodias de las disposiciones y obra del maestro, hoy indispensables para conocer al artista. Seguramente éstas páginas podrían llenarse de muchos nombres, pero quizá solo dos son rotundamente obligatorios: Evelia Porto de Mejìa, matrona Cartagenera por excelencia, retrato graujiano mil veces repetido, una de las más cercanas amigas del artista, líder del proyecto denominado Museo Grau. Yolanda Pupo de Mogollón, directora del Museo de Arte Moderno de Cartagena,-fundado por el pintor-, una mujer que entre éstas paredes resguarda exquisitos ejemplares de su obra y tal vez los más vivos reflejos de su espíritu. Mujeres que gozan y se halagan al verse en los trazos de Enrique Grau como en un espejo, mujeres que reflejan una masa anónima de muchos nombres, que quizá tienen uno solo propiamente suyo, ese que grita Grau desde su estado actual, ese grito que lo hace inmortal, ese que las llama y las atrapa, ese nombre que llevaran con orgullo hasta el sepulcro: CARTAGENERA.
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MAPYROSA
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