Crònica de un trauma ancestral de burguesa mediocre, exacerbado en las notas de una cumbia colombiana, por mi muy mal bailada.
Lo recuerdo perfectamente, casi como si estuviera pasando en este mismo instante, su mirada fue despectiva, parecía casi que de mi inocente boquita de niña hubiese salido una propuesta indecente, una blasfemia, su respuesta fue lapidaria, cortante y decidida cuando me dijo: ¡El sol es para los negros!.
Ciertamente han pasado varios años desde aquel día en el que recién llegada a Cartagena osé proponerle a una niña “bien” cartagenera, que tomáramos el sol en un día de domingo, años que no han sido suficientes para superar ese trauma de llegar a pensar que un ser humano cualquiera trate con desprecio la tez negra.
Y es que muy “apartei”, de un pregón anti-racista, la razón de todo este alboroto es que he sido brutalmente asaltada en mi ego y mi pasión, por el contoneo de unas caderas engastadas en flamante figura de ébano que no pudo más que despertar mi cobarde envidia.
Y es que es muy fregado uno y que tratando de bailar cumbia, siguiéndole el paso a esa espiga de bronce, inventando lo que ya hace rato está inventado en esos movimientos suaves que parecen pan comido en la maneras de esta mujer mal llamada “de color”.
De color yo, que después de unos minutos de baile ya estaba roja del agite, verde de la envidia y amarilla de la emoción de tener ante mis ojos y que como profesora un bambolear de caderas de deliciosa manufactura, era casi como si adentro del cuerpo ella llevara el tuntún de la tambora y el cuchicheo de un maracón, vivo como la llama de mi conmoción al verme a mi -fiel representante de una burguesía mediocre-, rogando al cielo dos poquitos de colorcito que me dieran por favor aunque sea un octavo del ritmo de ésta mujer que a diferencia mía permanecía impávida como flotando entre las notas de una pollera colora y lo peor de todo: de un solito color.
Pasaban los minutos y entre el estandarte que es mi cintura y mi extraviada coordinación me di gusto entre las baldosas cada vez que la sencillez de esta mujer, trataba de revelarme sus secretos desbaratando el pase aquel con que envolvía la escena en un halo inconsciente de belleza y candidez, y es que bastaron solo un par de minutos para que mi imaginaciòn la lograra envolver en gasas blancas de pollera de baile, dibujando con los gestos de sus manos, interminables surcos de colores que adornaban su tez, negra, de sedosa textura y firmeza de hierro y cincel, torneada como por alfarero de buen taller.
¿y donde estaban en ellas las marcas de mi desnudez?, ¿y en que lugar se posarían las arrugas que me esperan al atardecer?, ¿y en que hendidura suya caben las manchas de mi piel?, ¿dónde están esas escamas horribles que nos terminan saliendo en donde peor se ven?, en ninguna parte, no existen, en ella no existen esos temores, su piel los esconde, los mimetiza, para que la perfección sea su única condena, su único destino.
Pasaron los minutos y sonriente como quien ha hecho un favor a un buen amigo, huye al acabar la canción, sin permitirme el pago de sus servicios, pues ella ve como un juego, una pasión lo que a mi casi me cuesta un costal de energìa y dos arrobas de razòn... Dì dos pasos, caí rendida, aprendí a medias, pero quede cansada como si hubiera bailado dos fandangos y son son, con espacio solo para un ultimo aliento con el que poder gritar al cielo en plena devoción: ¡DIOS MIO, HAZME NEGRA POR FAVOR!
Mapyrosa
Octubre 17 de 2005
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