Tuesday, October 11, 2005

Jaime Abello y el sino del poder intelectual.

Director de la Fundación Nuevo Periodismo, mano derecha de Gabriel García Márquez, representante en el Caribe colombiano de la Comisión Nacional de Televisión, un hombre costeño que debate su vida en un permanente quehacer intelectual entre Barranquilla, Cartagena, Bogotá y México, .

“El poder es un peligro” aseguró con mirada rápida, como recordando a un viejo amigo. Una sonrisa infantil y un ademán de observador atento terminan de dibujar la escena. Hasta ese momento cada cosa en este encuentro parecía dictada por la racionalidad... hasta que la sensibilidad perfumó el ambiente, comenzó a desbordarse a hurtadillas entre la apariencia pulcra y elegante, la piel de sueños realizados y las manos inquietas de cosas por hacer. Su persistencia fue por segundos inquietante hasta que la risa rompió su curso, un comentario desparpajado, ¡maravilla, un apunte gracioso!.. Abello salió airoso otra vez.

Conocerlo, un arte difícil en medio de sus exquisitas faenas como diestro prestidigitador de palabras. Su olfato detecta con soltura la presencia de la más mínima intención de penetrar su interior. Maneja con exactitud científica la medida de sus expresiones para dar a su interlocutor la dosis exacta de sí mismo, protegiéndose, al mismo tiempo que pareciera no escatimar recurso alguno para resultar agradable a la compañía.

Señalado y ensalzado en el snobismo de los círculos intelectuales colombianos, Jaime Abello Banfi se transparenta ante la mirada desprevenida, más allá de los mitos y pretextos que se tejen alrededor de sus labores como director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, colaborador de Gabriel García Márquez, designado por la Comisión Nacional de Televisión para salvar a Telecaribe, entre otras varias actividades, donde nunca ha dejado de ser protagónica la misión que realmente importa a su existencia: esa que lo trasnochaba aún siendo un colegial entre lecturas variadas, esa que lo mantiene a la expectativa, la misma que lo llevó a cofundar Telecaribe, la que muy seguramente ojeará esta noche antes de dormir: su carrera intelectual.

Mordaz y sagaz a sus anchas, protegido por el conocimiento diestro del lenguaje y sus trucos semánticos, expectante silencioso, observador cauteloso; uno de esos seres que maneja perfectamente el arte de caminar con pies de plomo.

Dicharachero social, buen anfitrión y hasta parrandero, un hombre que puede reinventarse a la luz de un fandango ó de una obertura, consciente de los múltiples círculos que le exigen. Personas que solo pueden vanagloriarse de algo: desconocerlo, pues si hay algo que sepa hacer Abello es resguardar su intimidad ahí, en el rincón con el ícono, en el fondo, justo al lado de la cómoda colonial, entre su soledad personal y la brisa fresca que desde el balcón hace más de 15 años invade su corazón.

Ternuras, un par de sacos llenos que se refugian al lado de su hígado, dos órganos adicionales que posee su cuerpo, ese par de antorchas que dejan salir sus chispas cuando la pasión y la euforia lo permiten, cuando la adrenalina logra persuadir a su razón.

¿Odiado?, ¿amado?, ¿admirado?, ¿rechazado?; eso parece ser lo de menos, como todo aquel sentimiento reflejo de su posición; esas actividades diarias en las que compromete todo su ser, tocando los límites del arrojo, rompiendo casi el barranco hacia el delirio, una pasión que se escurre entre quienes lo conocen más allá del rumor: “Yo no entiendo como le alcanza el tiempo”, “¿cómo hace para estar en todas partes al mismo tiempo?”, afirmaciones e interrogantes que aún no encuentran respuesta entre Buenos Aires, Caracas, Puerto Rico, México, Barranquilla y Cartagena, entre miles y una ocupación.

Disfrazado en plenos carnavales, en la tensión de una junta directiva, como jurado, personaje, hay siempre en su semblante una pincelada de certeza y decisión, como si nada pudiera ser capaz de derribar ese ámbar que lo torna convincente ante el interlocutor, una característica acunada día con día en los brazos de la lectura, las tertulias intelectuales-furtivas y toda la información que converge hacia él, a veces por gratuidad.

Consciente de sus habilidades, tanto como esmero le ha costado cultivarlas, construye su vida diariamente en pleno uso de sus facultades, como hombre que recoge frutos de su jornal. Aparece relajado en lo cotidiano, aunque la fortaleza de carácter sea lo más parecido a un vendaval, estudia la realidad en el día a día, incapaz siempre de dejarse ganar la carrera por el tiempo y su globalización, enamorado de su actividad desde el hígado hasta la razón.

Lleva en el pecho una insignia, la carga con estilo y convicción, no la ostenta tampoco la esconde, no es ya una gala, es identidad, una lograda condición, la misma peligrosa condecoración que América Latina le entrega a los intelectuales productivos, los que hacen uso de sus habilidades, participan, cortan una rebanada de la torta de la acción, aquellos que interrumpen de vez en vez las columnas de los diarios, esos sobre los hombros de los cuales echamos las críticas cada vez que no encontramos razón para justificar que seamos -nosotros los del común-, una masa impávida sin ganas de aportar, eso que levanta la cabeza de Abello cada mañana, que lo sube y baja de los aviones, que lo somete a debatir la problemática política y cultural, eso que lo ha marcado con El Sino del Poder Intelectual.


Por:

MAPYROSA

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