Tras varias décadas de carrera este Artista Plástico Costeño, sigue demostrando con sus actividades porque aún hoy, su vida y obra sigue siendo motivo de revuelo y reconocimiento a nivel nacional e internacional.
Casi parece que pudiéramos escuchar a Estercita Forero haciendo de la suyas para cantar cual Lisa Minelli, New York, New york. Una escena ecléctica, casi inimaginable, descabellada si se quiere, que quizá solo cabría en la cabeza de alguien en Barranquilla: Álvaro Barrios.
Reconocido maestro de las artes plásticas Colombianas, actual curador del Museo de Arte Moderno de Barranquilla, más allá de cualquier calificativo, un hombre que se ha dado a la difícil tarea de soñar y hacer sus sueños realidad.
De una u otra manera y aún visto desde los escenarios mágicos que sus obras reflejan, entre instalaciones, collages y comics – como atestiguan catálogos que datan desde 1966 -. Álvaro Barrios encierra un mundo de ensoñación donde Dante Alighieri y los Beatles han podido convivir sin problemas, en el que lo aparentemente cotidiano de una galleta can-can puede trasportar la mente a episodios conocidos, insospechadamente renovados en la mano del autor, como ocurre con obras como: las bodas de Caná, el paso por el mar rojo, entre otras; parte de la selección denominada “Historias Sagradas contados otra vez”.
No en vano se identifica con el eclecticismo newyorkino, al mismo tiempo que rememora con nostalgia las épocas del viejo barrio El Prado -cuando las flores no se pedían por teléfono y simplemente se arrancaban del jardín-; considerando a Barranquilla la tierra madre de su creación, donde reside desde los siete meses de edad luego de que por azar abriera los ojos el 27 de Octubre de 1946 en la vecina Cartagena de Indias. Un hecho que es hoy por hoy un mero accidente de este orgulloso barranquillero “Me gusta vivir en esta mi Barranquilla, donde nadie me ha impuesto condiciones y en donde todo lo que he soñado dormido y despierto ha quedado en mi obra”.
Hablar de un artista es hacer referencia a su trabajo, sobre todo como cuando en el caso del maestro Barrios nos introducimos en más de 30 años de carrera, teniendo como prima referencia la distinción que recibió con tan solo 20 años de edad: el segundo lugar del salón Dante Aliguieri, organizado por la embajada de Italia. Un collage donde sus manos comenzaron a perfilarse como lo que ese mismo año Gonzalo Arango describiría con las siguientes palabras: “Barrios con su aventura estética ha venido a turbar las viejas verdades del arte; a pintar la realidad con un realismo mágico, penetrando las apariencias hasta descubrir el secreto de la nueva belleza”.
Cursó durante tres años la carrera de arquitectura en la Universidad del Atlántico, para más tarde culminar sus estudios de historia del arte en la universidad de Perugia (Italia) y la Fundación Giorgio Cini de Venecia, lejos ya del pizarrón Lasallista donde dibujaba vírgenes durante todo el mes de Mayo, en los tiempos en que recreaba la Plaza de San Pedro guiado por su mente y un par de postales que llegaron a sus manos, cuando aún tan impetuoso impulso no se había encontrado con la decepción de una plaza más pequeña y menos pretenciosa que aquella que había dibujado a surcadas y con un papa volador su imaginación.
Venecia, un lugar que junto a Nueva York y Marcel Duchamp han tenido influencia en su vida y en su obra, de manera tan importante como lo fueron sus trabajos alrededor de este artista al inicio de la década de los 80, con ideas como recrear un museo de arte malo, textualmente: “El Museo de Duchamp de arte malo”.
Un consagrado investigador y experimentador de las artes, Álvaro Barrios entrega en sus obras parte de si mismo; en ellas su pasión infantil por los comics, pasando por su habilidad para el dibujo hasta la extrema delicadeza de sus más dispendiosas instalaciones. Obras evocadoras de su propio mundo, de esos “Barrios” mentales donde se desencadenan mágicamente las historias que cuenta su trabajo, una labor adelantada a su tiempo, postmoderna desde su inicio hasta la fecha, como cuando en 1980 se transformó en Rrose Sélavy, una mujer de la cual se disfrazaba –como imagen alternativa de sí mismo- Marcel Duchamp en 1920.
Pionero del fotograbado como arte popular en la costa – publicándolos a página entera en el Diario del Caribe y El Espectador -, da muestras de su imperiosa necesidad de romper paradigmas y entregárselos transformados en obras de arte al público. Un público que para 1974 lo viò al lado de sus entrañables amigos Ricardo González Ripoll y Guillermo Marín Visbal, como galerista en la que se llamó Barrios galería de arte, en el edificio Vallclair en la calle 72 entre carreras 56 y 57 en la ciudad de Barranquilla.
Barrios se sigue reinventando hoy por hoy por medio de su oficio y su incansable exploración; pues como ya lo decía en 1969: “..espero no estar nunca completamente satisfecho con mi obra porque eso equivaldría a anquilosarme.”. Una insatisfacción que lo ha mantenido y lo mantiene.... ¡listo para soñar!.
Sunday, October 16, 2005
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