Thursday, January 05, 2006

El verdadero oficio de los García Márquez



La verdadera historia de la que parecía virtud exclusiva del Nóbel y que hoy descubrimos es habilidad compartida y familiar.

Una dinámica de vida en la que un cuento es el centro de la diversión, una novela la generadora de capital y un sin fin de crónicas las protectoras de la reputación familiar, es un entorno donde todo es posible mientras sea susceptible de ser contado… muy bien contado.

Al sonar de las copas que se sirven –en el altar de la iglesia ó en el bar-, hay una voz entre dulzona, caribe y viril que me camina por el cuello como un hormigueo extraño sube hasta mi oído y me hace reír. No hay duda, por esos lares anda ese que excusado en la reputación de escritor de su hermano, se ha librado del yugo de tener que escribir lo que en ellos es natural y fortuito – el saber contar las cosas- habilidad que para gracia nuestra se desparrama en la voz de éste juglar.

“Resulta que tocó arreglar los muebles y se los llevamos a un tapicero que prometió entregarlos el 2 y llego el 20 y ni razón de ellos…”. Estas palabras parecen el inicio de una narración doméstica sin importancia que podría hacer sufrir a cualquier ama de casa, destellando en angustia por la ausencia de sus muebles, matando su pena mientras se la trasmite a sus amigas en el supermercado. Pero no, la escena es muy distinta de hecho casi antagónica…

Seis hombres posesionados de la mesa de un bar, Whisky en mano y virilidad en pecho, se encuentran hipnotizados oyendo al juglar contar la historia de los muebles que de su casa se habían ausentado después de una especie de secuestro al que fueron condenados, una vez entregados a un tapicero incumplido, que mantuvo en veremos parte del patrimonio familiar. Un crimen que nos hizo un favor: dejó que éste, el que no sabe –según él- ni escribir cartas de amor, refrendara mi teoría de que eso de saber contar los cuentos no es cosa de la pluma de su hermano, eso es cosa del apellido ó de eso que llaman genética.

Ya mi memoria casi alcanza a perder la cuenta de las veces que me he quedado petrificada ante los cuentos del hermano sánduche –un sustantivo con el que él se autorretrata y que yo todavía no entiendo muy bien-. Son muchas las historias que en su voz se vuelven mágicas, así retraten solo los eventos más simples de nuestro entorno caribe. Un contexto que a veces resulta hasta risible si uno lo analiza desde éstos cuentos que yo catalogo entre otras cosas como una parodia analgésica para estos días postmodernos.

Escuchar a éste Ingeniero Civil –recientemente titulado Ingeniero Cultural por la dignidad de su hija de 12 años-, hablar sobre su madre y sus respuestas insólitas, las parrandas juveniles e incluso las anécdotas del día a día, es una de esas aventuras que se emprende sin un porque aparente, solo movido por una atracción indescriptible que alerta la imaginación y lo pone a uno a navegar al ritmo de la voz del que dibuja con maestría la escena en cuestión.

Es increíble que sin comas, ni puntos, ni comillas ni nada de los habituales yugos ortográficos y de puntuación que vivimos los que escribimos; este hombre logre poner a cualquiera a tono con su charla de una manera tan magnética que es difícil de creer hasta que uno no ve a un poeta, un mercader, un filosofó, una modelo y dos intelectuales, completamente extasiados por la charla que puede tocar desde la fundación del festival vallenato, hasta los orígenes de Crónica de una muerte anunciada.

Haciendo uso siempre de un bajo perfil, aparentemente lejano a eso de las letras, es un hombre de familia que sin afán de protagonismo cautiva los oídos de los desprevenidos que en una reunión de amigos le arrancan alguna historia. Narraciones, con las que cualquier periodista vivo podría contar sin titubeos los detalles que en vivir para contarla tal vez se omitieron y que en su simpleza encantadora resguardan inequívocamente el verdadero oficio de los García Márquez.

Hermano menor del único premio Nóbel de literatura con el que cuenta nuestra patria, envuelto en la pequeñez de los círculos sociales de la vieja Cartagena, Jaime García Márquez es blanco fácil del snobismo y la pretensión, sin embargo creo que en Cartagena de Indias no hay alguien más lejano a esos lindes que éste juglar caribe, que con sus ocurrencias nos deja a todos perplejos al ritmo de su conversación en éste oficio exquisito que parece a la familia seduce: contar historias… pero eso si: ¡bien contadas!.

Por:

SEXARTE
Diciembre 30 de 2005

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