Friday, October 13, 2006

SAN SEBASTIAN: La historia de un sueño que se hizo realidad.

Crónica

La historia que generó una pasión desmedida por una obra de David Manzúr.

Habría corrido quizá solo un par de meses del 2005 cuando la curiosidad otra vez me llevó al anaquel de la librería aeropuertuaria, ahí estaba la última edición de la revista Mundo y en su portada como amenazando salir de aquella página brillante un hombre desnudo con una expresión que se debatía entre dolor y placer -el mismo ser que en un gesto invisible me impulsó a comprarla-.

Pasados unos minutos me enfrenté a él sin miedo y noté en los claroscuros de su piel algo conocido, un gesto que no sabía identificar conscientemente pero que de alguna extraña forma encontraba muy familiar.

Bajé los ojos y ahí estaba la mirada altiva del padre de la imagen: David Manzur, una firma que aprendí a identificar cuando a duras penas podía escribir con certeza dos ó tres vocales, en casa de una tía coleccionista que exhibía sus obras con el mayor de los orgullos.

Una firma que ahora regresaba entrada mi juventud a enfrentarme a éste coloso seductor que con nombre de santo y apariencia de pintura renacentista aparecía humano hasta erizarme la piel.

Esa tarde hacía tránsito de regreso al caribe, no podría asistir a la exposición donde mostrarían en vivo y en directo aquella maravilla de la pintura, ¿ò de la realidad? La verdad es que la sensación que me producía era tan vívida que no me di al engorroso trabajo de separar mi percepción de la naturaleza de la obra.

En el avión un poco entretenida con mis propias ideas le di una leída poco atenta a los textos –pues prefería quedarme con la agradable sensación que me había sembrado la imagen-. Un par de semanas después regresé a Bogotá y sus nuevos dueños se habían llevado a San Sebastián a un lugar lejos del alcance de mis sentidos y entonces fue cuando me tocó quedarme con aquella imagen de revista que ojeaba de vez en cuando para cerciorarme que San Sebastián aún capturado en la pasta brillante esperaba a que yo lo viera un día no muy lejano.

Pasaron un par de meses, tal vez un año ó algo así y cuando ya la imagen de San Sebastián tenía varias revistas encima, en medio de una agotadora jornada de trabajo en Medellín, llegando al hotel agotada física y mentalmente, mi cliente -trabajo en relaciones públicas- me pide el favor de atender un percance de un invitado muy especial –María del Pilar, sé que estás cansada pero, ¿podrías ayudarme para arreglar un incidente con el hospedaje del maestro David Manzur?.

Las palabras que en otras circunstancias podrían ser un lastre adicional a mi jornada, fueron el combustible para ponerme inmediatamente disponible, a los pocos segundos no solo había resuelto el impase con respecto al hospedaje del maestro, si no que estaba al frente suyo con todas las ganas de obligarlo a decirme donde estaba el San Sebastián de mis ansias. Sin embargo, el protocolo y mi posición de relacionista pública me impidieron hacerlo, solo me quedaba postergar la oportunidad para el día siguiente en una conferencia.

Llegó la conferencia y el sin fin de asistentes se llevaron en una nube nuevamente a Manzur y con él mi oportunidad de conocer al San Sebastián. Así un poco decepcionada me dispuse a salir del salón y en un gesto de cortesía saludé al Art. Dealer del artista, a quien como un acto de última esperanza le pregunté: -¿sabe usted donde está el San Sebastián?, -Sí por supuesto, lo tienen en la galería La Cometa en Bogotá, -¿de verdad?, mañana voy para Bogotá. -¿de veras?, ¿podemos hacer una cita? –por supuesto, ¿le parece el martes? –Sí, éste es mi celular, espero tú llamada.

Emocionada con la idea de ver al San Sebastián anhelado, debo confesar que fue muy poca la atención que le puse a la invitación del caballero, sin embargo la idea de finalmente enfrentarme a la pintura anhelada me emocionó el alma.

Llegué finalmente a Bogotá y luego de escurrirme de muchos compromisos logré llegar a la galería La Cometa y que tristeza cuando me dicen que se han llevado a San Sebastián por una muestra que van a colgar ese mismo día. ¡San Sebastián había huido de nuevo!

Ante la impotencia inminente frente a mi deseo decidí resignarme y entregar la posibilidad de ver a San Sebastián al destino, y continué mi vida como si el mismísimo San Sebastián no hubiese existido.

Luego de un par de días, noté en mi agenda la cita con el dealer del artista y ya completamente desprendada de la idea de ver el cuadro, asistí a la cita sin mayores contratiempos que la idea de ser atendida por un buen Art. dealer.

Relajada, sin prisa –como normalmente me pongo al tratar temas relacionados con arte- llegué a un edificio postmoderno a punto de ser terminado, con acabados en aluminio sobre el blanco y el vidrio impecable, ubicado en una zona empresarial de mucho prestigio. El ingreso a aquellas torres parecía lo más distante al sitio que me esperaba: El Hogar de San Sebastián.

Tras una sùbita ascención se abrió la puerta hacia la cocina apacible de cualquier casa sofisticada, instrumentos de cocina, copas de cristal, uno que otro insumo importado, nada que no se pudiera esperar.

Luego tras unos instantes apareció un hombre que al contraluz fulgurante de una ventana de doble piso me costó reconocer: era el Art dealer, ahora con un aspecto más fresco y liviano, una camisa blanca a medio abotonar, pantalón negro y zapatos a tono, todo finamente puesto más que para engalanarlo como para mejorar su sensación del mundo, fue extraño desde el primer momento pero era un ser que a diferencia de muchos parecía tener cada cosa no para vanagloriarse de ella si no con la deliciosa capacidad de disfrutarla al máximo.

Las galanterías del anfitrión no se hicieron esperar y sus atenciones resultaron ser siempre adecuadas y bienvenidas, un café, un vino, un bombón, una fruta; desplegando la habilidad del más diestro de los caballeros ingleses que en alguna época alguien llamó Lores.

Sin embargo había en él algo especial, algo más allá que la sensación naturalmente agradable de ser atendida de esa manera. En él como en algunas cosas que me he estrellado en el camino había algo familiar, algo que me acercaba a él sin realmente conocerlo, ese algo que me retornaba a la cabeza la misma pregunta que me llegó cuando vi la imagen del San Sebastián por primera vez. ¿Què eso tan familiar que tiene para mi?

Una sensación que recibió respuesta antes de lo previsto de manera desprevenida y sin siquiera pedirlo, en una frase que como una pluma bajó en el viento frente a mis ojos: -Yo fui el modelo del San Sebastián, Claro, cuando era más joven y bello –sonriendo-. Y así como supongo se han develado las grandes verdades de la historia, el sopor refrescante de tener finalmente a San Sebastián al frente me volvió a demostrar que afortunadamente lo que deseas se hace realidad.

Y él tal vez sin darse cuenta de la gran noticia que me había dado siguió mostrándome su mundo, el mundo de una pintura que se volvió vida ante mis ojos, la historia del hombre que resultó ser San Sebastían.

Tuesday, August 15, 2006

CARLOS JACANAMIJOY: Generosidad de espritu.

Perfil

Texto que acompañó la primera exposición individual en el caribe colombiano de Carlos Jacanamijoy, uno de los artistas colombiano más reconocidos en el mundo.


Aùn cuando sus coloridas emociones no dejaban de perseguirme me estrellè con su mirada, una mirada negra, plana, plena en su presencia pero escasa en revelaciòn. Una mirada espejo, esa que refleja a quien la mira para no delatar a quien la posee, unos ojos que màs que entregar respuestas, acrecientan las preguntas de quien como yo busca el camino hacia el prisma que entrega los colores que aùn me obnubilan: la paleta espiritual de Carlos Jacanamijoy.

Su presencia, una sugerencia tan discreta y suave, como contundente es la de su obra, esas telas vivas, que nos llaman, nos atraen, introducièndonos en un diàlogo solo comparable a la magia, a aquellas sensaciones de èxtasis inexplicable que nos llevan del placer hacia un encuentro con lo màs vivo de la propia esencia humana.

Jacanamijoy, un nombre sinònimo de èxito en el mercado nacional e internacional del arte, una presencia deseada en lo más alto de los cìrculos sociales del paìs, una firma que engalana encumbradas colecciones, un mito que circunda las conversaciones plàsticas en un espacio donde la banalidad y la espiritualidad se dan una guerra sin cuartel. Condiciones que no se pueden desconocer al acercarse a este trabajo, pero que se debe despreciar al acercarse al artista.

Carlos Jacanamijoy es de una u otra forma la fuente de esa experiencia espiritual que son sus pinturas, por encima de las apreciaciones plásticas versadas y de los estimativos comerciales, que en su carrera alocada de halagos han olvidado lo más importante: la plenitud de un espritu que se nos entrega, la profundidad de un portal que se nos abre, la sensibilidad de un hombre en generosidad plena que refleja la memoria de su pueblo, el fulgor de sus paisajes, disponiendo su cuerpo al servicio de un oficio que alegra el espritu del más desprevenido, incluso de aquel que ha llegado con la deliciosa inocencia de la primera vez ante eso que nos habita por igual y que explica la universalidad de la pintura de este artista.

Trascender su presencia fsica -la del creador-, es un asunto que resulta difcil, sobre todo cuando nos dejamos embrujar por la reputación que lo circunda, llenándonos de ese loco afán de conocer lo que hay detrás de esa imagen que se nos presenta tan antónima a la obra que lo ocupa.

Ver al artista en lo cotidiano y a su obra es enfrentarse a una antonimia confusa sin aparente salida, un inexplicable que nos deja atónitos, llenos de preguntas, gracias a esa inalienable condición occidental de querer una explicación, un motivo, un orígen para todo, sobre todo de aquello que al parecer no ha sido investigado, descubierto, eso a lo nadie a podido acercarse: el espritu de Carlos Jacanamijoy.

Imaginar los niveles de sensibilidad, más aún el alma de alguien que es capaz de entregar al mundo obras de estas características, es un asunto que le aviva a cualquiera el interés y las expectativas. En mi caso personal, más allá del mito hacia un hombre de condición ambivalente que se debate día con día entre su origen ancestral y la vertiginosidad de una vida Newyorkina. Un contraste que pensándolo bien llega a explicar su presencia simple y a la vez antónima, pues quiz es la nica forma de proteger un alma tan sensible de los estragos del comercio, la fama y el status que ahogan su nombre, su firma, en un contexto donde la sensibilidad podra naufragar.

Formado por la academia como artista plástico, su gesto no ha perdido la frescura del boceto, libre y pleno se despliega en los soportes, como aquel ave que cautiva en una realidad de metal abre sus alas en la intimidad de cielos conocidos, esos que lo protegen y a la vez lo proyectan a los matices de su prolífica paleta.

Pionero acadèmico de su comunidad, embajador de sus costumbres y rituales; Jacanamijoy es un ser tan enigmàtico como lo es para la mayora de los aficionados a la plàstica, un depósito de los secretos de su pueblo, un enigma amable que anestesia nuestra curiosidad con una sonrisa y apacigua la ansiedad con un gesto, hacièndonos entender que su alma se nos entregò antes que su corporalidad màs allà incluso de si mismo en un acto de generosidad difìcil, esa que nos regala su espritu en esa maravilla que son sus obras, trabajos que renuevan la idea de arte y avivan el espìritu.

Por:

MARIA DEL PILAR RODROGUEZ
Bogot, Julio 31 de 2006

LOS GRITOS EN SILENCIO DE UMBERTO GIANGRANDI

Perfil

Un perfil viceral de la primera autoridad del grabado en Colombia.


El silencio, esa ausencia de sonidos que nos deja a solas con nosotros mismos. Con las ideas, los pensamientos, los recuerdos, los fantasmas de nuestro ser; una experiencia que poco nos agrada afrontar al común de los seres humanos.

Huyendo del callado latir de nuestra mente, libre en la ausencia de distractores externos, cada día buscamos una nueva razón para hacer ruido y ahogarnos en la sinfonía destemplada que a veces resulta ser la cotidianidad.

El silencio, visto a los ojos de la meditación consciente y a la luz de las palabras de una amiga cercana, es el ejercicio de quedarse en una quietud mental profunda que más allá de hundirnos en el mare mágnum de nuestros pensamientos, nos hace navegar en las perfectas aguas de nuestra esencia: el amor. Una experiencia que a través de su proceso creativo vive UMBERTO GIANGRANDI; un ser que hoy hace una retrospectiva de la vida, con la franqueza del que se siente dueño de aquello que lo exalta y lo motiva: El propio amor.

A la primera mirada una pose de sabiduría nos detiene, nos cohíbe, nos distancia, más tarde una voz seductora nos atrae, nos cautiva, nos deleita; para que en cualquier momento su mirada plateada nos asalte para imponernos el peso de su razón, de sus ideas y su condición, no solo de artista, si no fundamentalmente de un ser humano que conoce más de uno de los secretos que guarda con recelo la vida.

Extranjero en Colombia, aún conserva el tono de la visión externa de lo que aquí pasa, es a veces como si pudiera ver desde sus raíces los frutos de nuestros árboles, sin temor a tomarlos, a sentir su sabor.

Precursor y aún hoy autoridad del grabado en Colombia, es un artista plástico cuya reputación le antecede, aunque insista en querer un bajo perfil: “La voz ya se le escuchó a Alejandro Obregón”. Sin embargo, su altivez, su caminar, sus habilidades de buen conversador nos dicen otra cosa… No se trata de ser una codorniz cualquiera, se trata de un águila que solo despliega sus alas cuando la altura lo merece.

Hablarle, incluso acompañarle en una actividad cotidiana, es una experiencia que lo aleja del mamotreto de referencias que se llevan a cuestas cuando se toca a su puerta, porque en un par de minutos, en dos gestos -cual boceto- se dibuja como quiera, sobre todo ante una aficionada como yo.

“Los artistas somos seres humanos” -señaló su voz-, aunque en su trabajo ya lo había gritado, desde atrás, mucho atrás. Su obra siempre nos entrega una mirada humana, no humanista, si no humana; la de un hombre que se atreve cada día a quedarse en silencio para enfrentar sus propios fantasmas, dándose a si mismo una batalla descarnada con sus alegrías y sus sin sabores, con sus éxtasis y decepciones, pero ante todo con sus pasiones y sus amores.

Trazos rápidos que me recuerdan a veces a Guayasamín, a veces a Picasso, carmines exacerbados en grabados fulgurantes, blancos y negros sentimentales, mixtas políticas de fuego, pinceladas silvestres… Seductoras, eróticas, una conquista a mi femme condición.

Fuerte, con líneas de concepción y pensamiento finamente delineadas, no se ha rendido a los encantos de la imitación y el culto, que bien podía lacerar al hombre que en sus talleres de grabado más artistas ha conocido y asesorado en Colombia.

Nuevamente en silencio, con el par de cristales miel atentos al mundo, se enfrenta a su soledad de nuevo… Para lanzar el grito que nos atrae los sentidos a su trabajo, el trabajo humano de un artista llamado UMBERTO GIANGRANDI.

Por:

MARÍA DEL PILAR RODRÍGUEZ

Bogotá, Julio 9 de 2006

Tuesday, January 10, 2006

CLAUDIA FADUL: ¡Más que Cartagenera!

Perfil
Una declaración abierta de la condición ganada y establecida de una mujer que ha demostrado y sigue demostrando ser más Cartagenera que muchas de las que éste título ostentan.

Mientras más subía las escaleras del teatro más sentía herido mi ego de burguesa pretenciosa, al tener que optar por ubicarme en el tan desprestigiado “gallinero”. Finalmente llegué y mi disgusto fue estocado con la ausencia de sillas. Me había puesto traje de gala, zapatillas altas, para simplemente terminar de pie en el gallinero del Teatro Heredia… ¡la noche había comenzado con el pie izquierdo!

Y bendito sea el dichoso pie izquierdo que de una zancada –aparentemente mal dada- me llevó a orillas del balcón, invitándome a jugar a la deidad observando desde las alturas aquello que se le parecía escapar a mi naturaleza a veces tan inhumana.

Habían personas, personitas y personalidades por do quier, con un solo punto en común: todos se negaban al anonimato, cada uno a su manera procuraba el protagonismo, con un traje, un color de cabello, una camisa, un caminar, una joya, una flor, todo por lograr la atención de esos muchos otros que nunca lograrían atraer porque tenían la mirada fija en ellos mismos.

Habíamos sido convocados por un idéntico motivo: celebrar que Cartagena tendría Festival Musical en el 2007, un logro que más allá de nuestros atavíos y por supuesto de pretensiones burguesas –como lo mía de querer una silla-, es una adquisición invaluable para la ciudad, algo así como un patrimonio para el patrimonio, una de esas cosas que como una dulce caricia nos toca el rostro para marcarnos el alma, un halago a los sentidos maltratados y malbaratados de nuestra Cartagena para sellarnos el corazón el resto de nuestras vidas. Un sutil, amoroso y a la vez suntuoso milagro que solo podía nacer y crecer en el alma de quien esta noche me terminó de demostrar que es incluso más allá de su propio nombre: CLAUDIA FADUL ROSA.

Dibujada como una silueta victoriana por un traje entre majestuoso y etéreo -que a pesar del negro no lograba ser discreto-, subió al escenario a hacer público aquello que ya entre sillas y palcos era desde la entrada una certeza: ella era la directora del Festival Musical Cartagena 2007.

Un corto silencio trajo de la mano sus palabras para transformarlas en una sola para mi memoria -esculpiéndola con su voz de un tajo-: “Bendiciones”. No puedo negarlo una lágrima recorrió mi mejilla y destrozó mis ínfulas al presenciar la grandeza de aquella que en medio de los honores, bendice a aquellos que debían hacer suya la pleitesía, por un logro que pocos realmente entendían.

Y es precisamente en éste momento que cabe disculparme con el lector por mi audacia y siempre viceral descripción, pero la verdad a fuerza de años y abrazos no puedo luchar con mi convicción de que ésta es más allá de una mujer, una abogada, una luchadora, una madre, una amiga, es un ser lleno de amor y convicción a tal punto que logra embriagar con sus ideas, un teatro, un estadio, y mi ilusión de ver la ciudad que en sus ojos cabe como en mi mirada una flor. Esa ciudad de calles anchas, sonidos de violín y tambor, una ciudad de murallas, baluartes, museos y canción, un hogar perfecto para seres que más allá de si mismos nos hacen entender el verdadero sentido de ese que dijo que en el fondo todos somos amor.

Una ciudad que haciendo gala de su heroísmo ancestral sea capaz de mostrar a propios y extraños su más preciado capital: su gente, esa gente que canta, baila y ríe, esa gente que camina, trabaja y sirve en este pedazo de tierra costera que más allá de murallas y playas es eso que a Claudia le cabe en el alma y la hace impermeable a la envidia, el señalamiento y la maldad de quienes osan en tratar de descalificarla por no haber nacido en esta lengua de arena que es en ella más que una obsesión, un cometido personal.

Caminando por las calles de Bazurto, negada a la maquinaria tradicional, haciendo la intentona de llegar a ser alcaldesa; escalando el fuerte de San Felipe de Barajas –en tacones puntilla, corriendo a pleno sol- al frente de la sociedad de mejoras públicas, como anfitriona de las delicias de su mesa, recibiendo el premio Reina Sofía, en una reunión en cualquier parte del globo, incluso respondiendo ante acusaciones y señalamientos en el consejo de Cartagena, en ella persiste una seguridad entre valiente y coqueta que la saca airosa de cualquier lugar, dejando siempre ese halo que se debate aún entre envidia y asombro.

Ha pasado poco más de una década desde el día que la conocí, tantos sus hijos como yo éramos unos niños y su esbelta figura de Barbie real se me antojaba a algo así como una muñeca muy grande para jugar. Una sonrisa siempre en los labios y una voz generosa que los años me han enseñado a respetar, se dibujaron en mi vida como la historia de una gladiadora que a su voz a comandado una familia, adorado un esposo, respaldado a unas hermanas y hermanos, dirigido comidas, cumpleaños, instituciones y hasta grupos de rock, una persona que he admirado desde que me acuerdo pero que solo hasta hoy siento me ha entregado su legado, su lección: MÁS VALE SER UNA SINCELEJANA AMANTE DE CARTAGENA, QUE UNA CARTAGENERA SIN CONVICCIÓN.

Thursday, January 05, 2006

El verdadero oficio de los García Márquez



La verdadera historia de la que parecía virtud exclusiva del Nóbel y que hoy descubrimos es habilidad compartida y familiar.

Una dinámica de vida en la que un cuento es el centro de la diversión, una novela la generadora de capital y un sin fin de crónicas las protectoras de la reputación familiar, es un entorno donde todo es posible mientras sea susceptible de ser contado… muy bien contado.

Al sonar de las copas que se sirven –en el altar de la iglesia ó en el bar-, hay una voz entre dulzona, caribe y viril que me camina por el cuello como un hormigueo extraño sube hasta mi oído y me hace reír. No hay duda, por esos lares anda ese que excusado en la reputación de escritor de su hermano, se ha librado del yugo de tener que escribir lo que en ellos es natural y fortuito – el saber contar las cosas- habilidad que para gracia nuestra se desparrama en la voz de éste juglar.

“Resulta que tocó arreglar los muebles y se los llevamos a un tapicero que prometió entregarlos el 2 y llego el 20 y ni razón de ellos…”. Estas palabras parecen el inicio de una narración doméstica sin importancia que podría hacer sufrir a cualquier ama de casa, destellando en angustia por la ausencia de sus muebles, matando su pena mientras se la trasmite a sus amigas en el supermercado. Pero no, la escena es muy distinta de hecho casi antagónica…

Seis hombres posesionados de la mesa de un bar, Whisky en mano y virilidad en pecho, se encuentran hipnotizados oyendo al juglar contar la historia de los muebles que de su casa se habían ausentado después de una especie de secuestro al que fueron condenados, una vez entregados a un tapicero incumplido, que mantuvo en veremos parte del patrimonio familiar. Un crimen que nos hizo un favor: dejó que éste, el que no sabe –según él- ni escribir cartas de amor, refrendara mi teoría de que eso de saber contar los cuentos no es cosa de la pluma de su hermano, eso es cosa del apellido ó de eso que llaman genética.

Ya mi memoria casi alcanza a perder la cuenta de las veces que me he quedado petrificada ante los cuentos del hermano sánduche –un sustantivo con el que él se autorretrata y que yo todavía no entiendo muy bien-. Son muchas las historias que en su voz se vuelven mágicas, así retraten solo los eventos más simples de nuestro entorno caribe. Un contexto que a veces resulta hasta risible si uno lo analiza desde éstos cuentos que yo catalogo entre otras cosas como una parodia analgésica para estos días postmodernos.

Escuchar a éste Ingeniero Civil –recientemente titulado Ingeniero Cultural por la dignidad de su hija de 12 años-, hablar sobre su madre y sus respuestas insólitas, las parrandas juveniles e incluso las anécdotas del día a día, es una de esas aventuras que se emprende sin un porque aparente, solo movido por una atracción indescriptible que alerta la imaginación y lo pone a uno a navegar al ritmo de la voz del que dibuja con maestría la escena en cuestión.

Es increíble que sin comas, ni puntos, ni comillas ni nada de los habituales yugos ortográficos y de puntuación que vivimos los que escribimos; este hombre logre poner a cualquiera a tono con su charla de una manera tan magnética que es difícil de creer hasta que uno no ve a un poeta, un mercader, un filosofó, una modelo y dos intelectuales, completamente extasiados por la charla que puede tocar desde la fundación del festival vallenato, hasta los orígenes de Crónica de una muerte anunciada.

Haciendo uso siempre de un bajo perfil, aparentemente lejano a eso de las letras, es un hombre de familia que sin afán de protagonismo cautiva los oídos de los desprevenidos que en una reunión de amigos le arrancan alguna historia. Narraciones, con las que cualquier periodista vivo podría contar sin titubeos los detalles que en vivir para contarla tal vez se omitieron y que en su simpleza encantadora resguardan inequívocamente el verdadero oficio de los García Márquez.

Hermano menor del único premio Nóbel de literatura con el que cuenta nuestra patria, envuelto en la pequeñez de los círculos sociales de la vieja Cartagena, Jaime García Márquez es blanco fácil del snobismo y la pretensión, sin embargo creo que en Cartagena de Indias no hay alguien más lejano a esos lindes que éste juglar caribe, que con sus ocurrencias nos deja a todos perplejos al ritmo de su conversación en éste oficio exquisito que parece a la familia seduce: contar historias… pero eso si: ¡bien contadas!.

Por:

SEXARTE
Diciembre 30 de 2005