Tuesday, August 15, 2006

LOS GRITOS EN SILENCIO DE UMBERTO GIANGRANDI

Perfil

Un perfil viceral de la primera autoridad del grabado en Colombia.


El silencio, esa ausencia de sonidos que nos deja a solas con nosotros mismos. Con las ideas, los pensamientos, los recuerdos, los fantasmas de nuestro ser; una experiencia que poco nos agrada afrontar al común de los seres humanos.

Huyendo del callado latir de nuestra mente, libre en la ausencia de distractores externos, cada día buscamos una nueva razón para hacer ruido y ahogarnos en la sinfonía destemplada que a veces resulta ser la cotidianidad.

El silencio, visto a los ojos de la meditación consciente y a la luz de las palabras de una amiga cercana, es el ejercicio de quedarse en una quietud mental profunda que más allá de hundirnos en el mare mágnum de nuestros pensamientos, nos hace navegar en las perfectas aguas de nuestra esencia: el amor. Una experiencia que a través de su proceso creativo vive UMBERTO GIANGRANDI; un ser que hoy hace una retrospectiva de la vida, con la franqueza del que se siente dueño de aquello que lo exalta y lo motiva: El propio amor.

A la primera mirada una pose de sabiduría nos detiene, nos cohíbe, nos distancia, más tarde una voz seductora nos atrae, nos cautiva, nos deleita; para que en cualquier momento su mirada plateada nos asalte para imponernos el peso de su razón, de sus ideas y su condición, no solo de artista, si no fundamentalmente de un ser humano que conoce más de uno de los secretos que guarda con recelo la vida.

Extranjero en Colombia, aún conserva el tono de la visión externa de lo que aquí pasa, es a veces como si pudiera ver desde sus raíces los frutos de nuestros árboles, sin temor a tomarlos, a sentir su sabor.

Precursor y aún hoy autoridad del grabado en Colombia, es un artista plástico cuya reputación le antecede, aunque insista en querer un bajo perfil: “La voz ya se le escuchó a Alejandro Obregón”. Sin embargo, su altivez, su caminar, sus habilidades de buen conversador nos dicen otra cosa… No se trata de ser una codorniz cualquiera, se trata de un águila que solo despliega sus alas cuando la altura lo merece.

Hablarle, incluso acompañarle en una actividad cotidiana, es una experiencia que lo aleja del mamotreto de referencias que se llevan a cuestas cuando se toca a su puerta, porque en un par de minutos, en dos gestos -cual boceto- se dibuja como quiera, sobre todo ante una aficionada como yo.

“Los artistas somos seres humanos” -señaló su voz-, aunque en su trabajo ya lo había gritado, desde atrás, mucho atrás. Su obra siempre nos entrega una mirada humana, no humanista, si no humana; la de un hombre que se atreve cada día a quedarse en silencio para enfrentar sus propios fantasmas, dándose a si mismo una batalla descarnada con sus alegrías y sus sin sabores, con sus éxtasis y decepciones, pero ante todo con sus pasiones y sus amores.

Trazos rápidos que me recuerdan a veces a Guayasamín, a veces a Picasso, carmines exacerbados en grabados fulgurantes, blancos y negros sentimentales, mixtas políticas de fuego, pinceladas silvestres… Seductoras, eróticas, una conquista a mi femme condición.

Fuerte, con líneas de concepción y pensamiento finamente delineadas, no se ha rendido a los encantos de la imitación y el culto, que bien podía lacerar al hombre que en sus talleres de grabado más artistas ha conocido y asesorado en Colombia.

Nuevamente en silencio, con el par de cristales miel atentos al mundo, se enfrenta a su soledad de nuevo… Para lanzar el grito que nos atrae los sentidos a su trabajo, el trabajo humano de un artista llamado UMBERTO GIANGRANDI.

Por:

MARÍA DEL PILAR RODRÍGUEZ

Bogotá, Julio 9 de 2006

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