Perfil
Una declaración abierta de la condición ganada y establecida de una mujer que ha demostrado y sigue demostrando ser más Cartagenera que muchas de las que éste título ostentan.
Mientras más subía las escaleras del teatro más sentía herido mi ego de burguesa pretenciosa, al tener que optar por ubicarme en el tan desprestigiado “gallinero”. Finalmente llegué y mi disgusto fue estocado con la ausencia de sillas. Me había puesto traje de gala, zapatillas altas, para simplemente terminar de pie en el gallinero del Teatro Heredia… ¡la noche había comenzado con el pie izquierdo!
Y bendito sea el dichoso pie izquierdo que de una zancada –aparentemente mal dada- me llevó a orillas del balcón, invitándome a jugar a la deidad observando desde las alturas aquello que se le parecía escapar a mi naturaleza a veces tan inhumana.
Habían personas, personitas y personalidades por do quier, con un solo punto en común: todos se negaban al anonimato, cada uno a su manera procuraba el protagonismo, con un traje, un color de cabello, una camisa, un caminar, una joya, una flor, todo por lograr la atención de esos muchos otros que nunca lograrían atraer porque tenían la mirada fija en ellos mismos.
Habíamos sido convocados por un idéntico motivo: celebrar que Cartagena tendría Festival Musical en el 2007, un logro que más allá de nuestros atavíos y por supuesto de pretensiones burguesas –como lo mía de querer una silla-, es una adquisición invaluable para la ciudad, algo así como un patrimonio para el patrimonio, una de esas cosas que como una dulce caricia nos toca el rostro para marcarnos el alma, un halago a los sentidos maltratados y malbaratados de nuestra Cartagena para sellarnos el corazón el resto de nuestras vidas. Un sutil, amoroso y a la vez suntuoso milagro que solo podía nacer y crecer en el alma de quien esta noche me terminó de demostrar que es incluso más allá de su propio nombre: CLAUDIA FADUL ROSA.
Dibujada como una silueta victoriana por un traje entre majestuoso y etéreo -que a pesar del negro no lograba ser discreto-, subió al escenario a hacer público aquello que ya entre sillas y palcos era desde la entrada una certeza: ella era la directora del Festival Musical Cartagena 2007.
Un corto silencio trajo de la mano sus palabras para transformarlas en una sola para mi memoria -esculpiéndola con su voz de un tajo-: “Bendiciones”. No puedo negarlo una lágrima recorrió mi mejilla y destrozó mis ínfulas al presenciar la grandeza de aquella que en medio de los honores, bendice a aquellos que debían hacer suya la pleitesía, por un logro que pocos realmente entendían.
Y es precisamente en éste momento que cabe disculparme con el lector por mi audacia y siempre viceral descripción, pero la verdad a fuerza de años y abrazos no puedo luchar con mi convicción de que ésta es más allá de una mujer, una abogada, una luchadora, una madre, una amiga, es un ser lleno de amor y convicción a tal punto que logra embriagar con sus ideas, un teatro, un estadio, y mi ilusión de ver la ciudad que en sus ojos cabe como en mi mirada una flor. Esa ciudad de calles anchas, sonidos de violín y tambor, una ciudad de murallas, baluartes, museos y canción, un hogar perfecto para seres que más allá de si mismos nos hacen entender el verdadero sentido de ese que dijo que en el fondo todos somos amor.
Una ciudad que haciendo gala de su heroísmo ancestral sea capaz de mostrar a propios y extraños su más preciado capital: su gente, esa gente que canta, baila y ríe, esa gente que camina, trabaja y sirve en este pedazo de tierra costera que más allá de murallas y playas es eso que a Claudia le cabe en el alma y la hace impermeable a la envidia, el señalamiento y la maldad de quienes osan en tratar de descalificarla por no haber nacido en esta lengua de arena que es en ella más que una obsesión, un cometido personal.
Caminando por las calles de Bazurto, negada a la maquinaria tradicional, haciendo la intentona de llegar a ser alcaldesa; escalando el fuerte de San Felipe de Barajas –en tacones puntilla, corriendo a pleno sol- al frente de la sociedad de mejoras públicas, como anfitriona de las delicias de su mesa, recibiendo el premio Reina Sofía, en una reunión en cualquier parte del globo, incluso respondiendo ante acusaciones y señalamientos en el consejo de Cartagena, en ella persiste una seguridad entre valiente y coqueta que la saca airosa de cualquier lugar, dejando siempre ese halo que se debate aún entre envidia y asombro.
Ha pasado poco más de una década desde el día que la conocí, tantos sus hijos como yo éramos unos niños y su esbelta figura de Barbie real se me antojaba a algo así como una muñeca muy grande para jugar. Una sonrisa siempre en los labios y una voz generosa que los años me han enseñado a respetar, se dibujaron en mi vida como la historia de una gladiadora que a su voz a comandado una familia, adorado un esposo, respaldado a unas hermanas y hermanos, dirigido comidas, cumpleaños, instituciones y hasta grupos de rock, una persona que he admirado desde que me acuerdo pero que solo hasta hoy siento me ha entregado su legado, su lección: MÁS VALE SER UNA SINCELEJANA AMANTE DE CARTAGENA, QUE UNA CARTAGENERA SIN CONVICCIÓN.