Tuesday, January 10, 2006

CLAUDIA FADUL: ¡Más que Cartagenera!

Perfil
Una declaración abierta de la condición ganada y establecida de una mujer que ha demostrado y sigue demostrando ser más Cartagenera que muchas de las que éste título ostentan.

Mientras más subía las escaleras del teatro más sentía herido mi ego de burguesa pretenciosa, al tener que optar por ubicarme en el tan desprestigiado “gallinero”. Finalmente llegué y mi disgusto fue estocado con la ausencia de sillas. Me había puesto traje de gala, zapatillas altas, para simplemente terminar de pie en el gallinero del Teatro Heredia… ¡la noche había comenzado con el pie izquierdo!

Y bendito sea el dichoso pie izquierdo que de una zancada –aparentemente mal dada- me llevó a orillas del balcón, invitándome a jugar a la deidad observando desde las alturas aquello que se le parecía escapar a mi naturaleza a veces tan inhumana.

Habían personas, personitas y personalidades por do quier, con un solo punto en común: todos se negaban al anonimato, cada uno a su manera procuraba el protagonismo, con un traje, un color de cabello, una camisa, un caminar, una joya, una flor, todo por lograr la atención de esos muchos otros que nunca lograrían atraer porque tenían la mirada fija en ellos mismos.

Habíamos sido convocados por un idéntico motivo: celebrar que Cartagena tendría Festival Musical en el 2007, un logro que más allá de nuestros atavíos y por supuesto de pretensiones burguesas –como lo mía de querer una silla-, es una adquisición invaluable para la ciudad, algo así como un patrimonio para el patrimonio, una de esas cosas que como una dulce caricia nos toca el rostro para marcarnos el alma, un halago a los sentidos maltratados y malbaratados de nuestra Cartagena para sellarnos el corazón el resto de nuestras vidas. Un sutil, amoroso y a la vez suntuoso milagro que solo podía nacer y crecer en el alma de quien esta noche me terminó de demostrar que es incluso más allá de su propio nombre: CLAUDIA FADUL ROSA.

Dibujada como una silueta victoriana por un traje entre majestuoso y etéreo -que a pesar del negro no lograba ser discreto-, subió al escenario a hacer público aquello que ya entre sillas y palcos era desde la entrada una certeza: ella era la directora del Festival Musical Cartagena 2007.

Un corto silencio trajo de la mano sus palabras para transformarlas en una sola para mi memoria -esculpiéndola con su voz de un tajo-: “Bendiciones”. No puedo negarlo una lágrima recorrió mi mejilla y destrozó mis ínfulas al presenciar la grandeza de aquella que en medio de los honores, bendice a aquellos que debían hacer suya la pleitesía, por un logro que pocos realmente entendían.

Y es precisamente en éste momento que cabe disculparme con el lector por mi audacia y siempre viceral descripción, pero la verdad a fuerza de años y abrazos no puedo luchar con mi convicción de que ésta es más allá de una mujer, una abogada, una luchadora, una madre, una amiga, es un ser lleno de amor y convicción a tal punto que logra embriagar con sus ideas, un teatro, un estadio, y mi ilusión de ver la ciudad que en sus ojos cabe como en mi mirada una flor. Esa ciudad de calles anchas, sonidos de violín y tambor, una ciudad de murallas, baluartes, museos y canción, un hogar perfecto para seres que más allá de si mismos nos hacen entender el verdadero sentido de ese que dijo que en el fondo todos somos amor.

Una ciudad que haciendo gala de su heroísmo ancestral sea capaz de mostrar a propios y extraños su más preciado capital: su gente, esa gente que canta, baila y ríe, esa gente que camina, trabaja y sirve en este pedazo de tierra costera que más allá de murallas y playas es eso que a Claudia le cabe en el alma y la hace impermeable a la envidia, el señalamiento y la maldad de quienes osan en tratar de descalificarla por no haber nacido en esta lengua de arena que es en ella más que una obsesión, un cometido personal.

Caminando por las calles de Bazurto, negada a la maquinaria tradicional, haciendo la intentona de llegar a ser alcaldesa; escalando el fuerte de San Felipe de Barajas –en tacones puntilla, corriendo a pleno sol- al frente de la sociedad de mejoras públicas, como anfitriona de las delicias de su mesa, recibiendo el premio Reina Sofía, en una reunión en cualquier parte del globo, incluso respondiendo ante acusaciones y señalamientos en el consejo de Cartagena, en ella persiste una seguridad entre valiente y coqueta que la saca airosa de cualquier lugar, dejando siempre ese halo que se debate aún entre envidia y asombro.

Ha pasado poco más de una década desde el día que la conocí, tantos sus hijos como yo éramos unos niños y su esbelta figura de Barbie real se me antojaba a algo así como una muñeca muy grande para jugar. Una sonrisa siempre en los labios y una voz generosa que los años me han enseñado a respetar, se dibujaron en mi vida como la historia de una gladiadora que a su voz a comandado una familia, adorado un esposo, respaldado a unas hermanas y hermanos, dirigido comidas, cumpleaños, instituciones y hasta grupos de rock, una persona que he admirado desde que me acuerdo pero que solo hasta hoy siento me ha entregado su legado, su lección: MÁS VALE SER UNA SINCELEJANA AMANTE DE CARTAGENA, QUE UNA CARTAGENERA SIN CONVICCIÓN.

Thursday, January 05, 2006

El verdadero oficio de los García Márquez



La verdadera historia de la que parecía virtud exclusiva del Nóbel y que hoy descubrimos es habilidad compartida y familiar.

Una dinámica de vida en la que un cuento es el centro de la diversión, una novela la generadora de capital y un sin fin de crónicas las protectoras de la reputación familiar, es un entorno donde todo es posible mientras sea susceptible de ser contado… muy bien contado.

Al sonar de las copas que se sirven –en el altar de la iglesia ó en el bar-, hay una voz entre dulzona, caribe y viril que me camina por el cuello como un hormigueo extraño sube hasta mi oído y me hace reír. No hay duda, por esos lares anda ese que excusado en la reputación de escritor de su hermano, se ha librado del yugo de tener que escribir lo que en ellos es natural y fortuito – el saber contar las cosas- habilidad que para gracia nuestra se desparrama en la voz de éste juglar.

“Resulta que tocó arreglar los muebles y se los llevamos a un tapicero que prometió entregarlos el 2 y llego el 20 y ni razón de ellos…”. Estas palabras parecen el inicio de una narración doméstica sin importancia que podría hacer sufrir a cualquier ama de casa, destellando en angustia por la ausencia de sus muebles, matando su pena mientras se la trasmite a sus amigas en el supermercado. Pero no, la escena es muy distinta de hecho casi antagónica…

Seis hombres posesionados de la mesa de un bar, Whisky en mano y virilidad en pecho, se encuentran hipnotizados oyendo al juglar contar la historia de los muebles que de su casa se habían ausentado después de una especie de secuestro al que fueron condenados, una vez entregados a un tapicero incumplido, que mantuvo en veremos parte del patrimonio familiar. Un crimen que nos hizo un favor: dejó que éste, el que no sabe –según él- ni escribir cartas de amor, refrendara mi teoría de que eso de saber contar los cuentos no es cosa de la pluma de su hermano, eso es cosa del apellido ó de eso que llaman genética.

Ya mi memoria casi alcanza a perder la cuenta de las veces que me he quedado petrificada ante los cuentos del hermano sánduche –un sustantivo con el que él se autorretrata y que yo todavía no entiendo muy bien-. Son muchas las historias que en su voz se vuelven mágicas, así retraten solo los eventos más simples de nuestro entorno caribe. Un contexto que a veces resulta hasta risible si uno lo analiza desde éstos cuentos que yo catalogo entre otras cosas como una parodia analgésica para estos días postmodernos.

Escuchar a éste Ingeniero Civil –recientemente titulado Ingeniero Cultural por la dignidad de su hija de 12 años-, hablar sobre su madre y sus respuestas insólitas, las parrandas juveniles e incluso las anécdotas del día a día, es una de esas aventuras que se emprende sin un porque aparente, solo movido por una atracción indescriptible que alerta la imaginación y lo pone a uno a navegar al ritmo de la voz del que dibuja con maestría la escena en cuestión.

Es increíble que sin comas, ni puntos, ni comillas ni nada de los habituales yugos ortográficos y de puntuación que vivimos los que escribimos; este hombre logre poner a cualquiera a tono con su charla de una manera tan magnética que es difícil de creer hasta que uno no ve a un poeta, un mercader, un filosofó, una modelo y dos intelectuales, completamente extasiados por la charla que puede tocar desde la fundación del festival vallenato, hasta los orígenes de Crónica de una muerte anunciada.

Haciendo uso siempre de un bajo perfil, aparentemente lejano a eso de las letras, es un hombre de familia que sin afán de protagonismo cautiva los oídos de los desprevenidos que en una reunión de amigos le arrancan alguna historia. Narraciones, con las que cualquier periodista vivo podría contar sin titubeos los detalles que en vivir para contarla tal vez se omitieron y que en su simpleza encantadora resguardan inequívocamente el verdadero oficio de los García Márquez.

Hermano menor del único premio Nóbel de literatura con el que cuenta nuestra patria, envuelto en la pequeñez de los círculos sociales de la vieja Cartagena, Jaime García Márquez es blanco fácil del snobismo y la pretensión, sin embargo creo que en Cartagena de Indias no hay alguien más lejano a esos lindes que éste juglar caribe, que con sus ocurrencias nos deja a todos perplejos al ritmo de su conversación en éste oficio exquisito que parece a la familia seduce: contar historias… pero eso si: ¡bien contadas!.

Por:

SEXARTE
Diciembre 30 de 2005