Crónica
La historia que generó una pasión desmedida por una obra de David Manzúr.
Habría corrido quizá solo un par de meses del 2005 cuando la curiosidad otra vez me llevó al anaquel de la librería aeropuertuaria, ahí estaba la última edición de la revista Mundo y en su portada como amenazando salir de aquella página brillante un hombre desnudo con una expresión que se debatía entre dolor y placer -el mismo ser que en un gesto invisible me impulsó a comprarla-.
Pasados unos minutos me enfrenté a él sin miedo y noté en los claroscuros de su piel algo conocido, un gesto que no sabía identificar conscientemente pero que de alguna extraña forma encontraba muy familiar.
Bajé los ojos y ahí estaba la mirada altiva del padre de la imagen: David Manzur, una firma que aprendí a identificar cuando a duras penas podía escribir con certeza dos ó tres vocales, en casa de una tía coleccionista que exhibía sus obras con el mayor de los orgullos.
Una firma que ahora regresaba entrada mi juventud a enfrentarme a éste coloso seductor que con nombre de santo y apariencia de pintura renacentista aparecía humano hasta erizarme la piel.
Esa tarde hacía tránsito de regreso al caribe, no podría asistir a la exposición donde mostrarían en vivo y en directo aquella maravilla de la pintura, ¿ò de la realidad? La verdad es que la sensación que me producía era tan vívida que no me di al engorroso trabajo de separar mi percepción de la naturaleza de la obra.
En el avión un poco entretenida con mis propias ideas le di una leída poco atenta a los textos –pues prefería quedarme con la agradable sensación que me había sembrado la imagen-. Un par de semanas después regresé a Bogotá y sus nuevos dueños se habían llevado a San Sebastián a un lugar lejos del alcance de mis sentidos y entonces fue cuando me tocó quedarme con aquella imagen de revista que ojeaba de vez en cuando para cerciorarme que San Sebastián aún capturado en la pasta brillante esperaba a que yo lo viera un día no muy lejano.
Pasaron un par de meses, tal vez un año ó algo así y cuando ya la imagen de San Sebastián tenía varias revistas encima, en medio de una agotadora jornada de trabajo en Medellín, llegando al hotel agotada física y mentalmente, mi cliente -trabajo en relaciones públicas- me pide el favor de atender un percance de un invitado muy especial –María del Pilar, sé que estás cansada pero, ¿podrías ayudarme para arreglar un incidente con el hospedaje del maestro David Manzur?.
Las palabras que en otras circunstancias podrían ser un lastre adicional a mi jornada, fueron el combustible para ponerme inmediatamente disponible, a los pocos segundos no solo había resuelto el impase con respecto al hospedaje del maestro, si no que estaba al frente suyo con todas las ganas de obligarlo a decirme donde estaba el San Sebastián de mis ansias. Sin embargo, el protocolo y mi posición de relacionista pública me impidieron hacerlo, solo me quedaba postergar la oportunidad para el día siguiente en una conferencia.
Llegó la conferencia y el sin fin de asistentes se llevaron en una nube nuevamente a Manzur y con él mi oportunidad de conocer al San Sebastián. Así un poco decepcionada me dispuse a salir del salón y en un gesto de cortesía saludé al Art. Dealer del artista, a quien como un acto de última esperanza le pregunté: -¿sabe usted donde está el San Sebastián?, -Sí por supuesto, lo tienen en la galería La Cometa en Bogotá, -¿de verdad?, mañana voy para Bogotá. -¿de veras?, ¿podemos hacer una cita? –por supuesto, ¿le parece el martes? –Sí, éste es mi celular, espero tú llamada.
Emocionada con la idea de ver al San Sebastián anhelado, debo confesar que fue muy poca la atención que le puse a la invitación del caballero, sin embargo la idea de finalmente enfrentarme a la pintura anhelada me emocionó el alma.
Llegué finalmente a Bogotá y luego de escurrirme de muchos compromisos logré llegar a la galería La Cometa y que tristeza cuando me dicen que se han llevado a San Sebastián por una muestra que van a colgar ese mismo día. ¡San Sebastián había huido de nuevo!
Ante la impotencia inminente frente a mi deseo decidí resignarme y entregar la posibilidad de ver a San Sebastián al destino, y continué mi vida como si el mismísimo San Sebastián no hubiese existido.
Luego de un par de días, noté en mi agenda la cita con el dealer del artista y ya completamente desprendada de la idea de ver el cuadro, asistí a la cita sin mayores contratiempos que la idea de ser atendida por un buen Art. dealer.
Relajada, sin prisa –como normalmente me pongo al tratar temas relacionados con arte- llegué a un edificio postmoderno a punto de ser terminado, con acabados en aluminio sobre el blanco y el vidrio impecable, ubicado en una zona empresarial de mucho prestigio. El ingreso a aquellas torres parecía lo más distante al sitio que me esperaba: El Hogar de San Sebastián.
Tras una sùbita ascención se abrió la puerta hacia la cocina apacible de cualquier casa sofisticada, instrumentos de cocina, copas de cristal, uno que otro insumo importado, nada que no se pudiera esperar.
Luego tras unos instantes apareció un hombre que al contraluz fulgurante de una ventana de doble piso me costó reconocer: era el Art dealer, ahora con un aspecto más fresco y liviano, una camisa blanca a medio abotonar, pantalón negro y zapatos a tono, todo finamente puesto más que para engalanarlo como para mejorar su sensación del mundo, fue extraño desde el primer momento pero era un ser que a diferencia de muchos parecía tener cada cosa no para vanagloriarse de ella si no con la deliciosa capacidad de disfrutarla al máximo.
Las galanterías del anfitrión no se hicieron esperar y sus atenciones resultaron ser siempre adecuadas y bienvenidas, un café, un vino, un bombón, una fruta; desplegando la habilidad del más diestro de los caballeros ingleses que en alguna época alguien llamó Lores.
Sin embargo había en él algo especial, algo más allá que la sensación naturalmente agradable de ser atendida de esa manera. En él como en algunas cosas que me he estrellado en el camino había algo familiar, algo que me acercaba a él sin realmente conocerlo, ese algo que me retornaba a la cabeza la misma pregunta que me llegó cuando vi la imagen del San Sebastián por primera vez. ¿Què eso tan familiar que tiene para mi?
Una sensación que recibió respuesta antes de lo previsto de manera desprevenida y sin siquiera pedirlo, en una frase que como una pluma bajó en el viento frente a mis ojos: -Yo fui el modelo del San Sebastián, Claro, cuando era más joven y bello –sonriendo-. Y así como supongo se han develado las grandes verdades de la historia, el sopor refrescante de tener finalmente a San Sebastián al frente me volvió a demostrar que afortunadamente lo que deseas se hace realidad.
Y él tal vez sin darse cuenta de la gran noticia que me había dado siguió mostrándome su mundo, el mundo de una pintura que se volvió vida ante mis ojos, la historia del hombre que resultó ser San Sebastían.
Friday, October 13, 2006
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